16 de febrero de 2026

El ascenso de Hitler al poder 1932-1933 - Timothy W. Ryback

Fecha de edición: noviembre 2.025
Editorial: Galaxia Gutenberg
Páginas: 408
Precio: 26,50 €
Género: Ensayo histórico

Sinopsis: En 1932 se celebraron en Alemania tres elecciones. En las presidenciales de abril, Hitler perdió de manera abrumadora ante Paul von Hindenburg. En las generales de julio, el Partido Nazi, que aspiraba a la mayoría absoluta, fue el más votado pero se quedó en el 37,3% de los votos, porcentaje insuficiente para formar gobierno. En las de noviembre otra vez ganó el partido nacionalsocialista, aunque con 34 escaños menos que en las de julio, por lo que quedó todavía más lejos de formar gobierno. Hitler había perdido dos millones de votos, su partido estaba agobiado por las deudas. Habló incluso de suicidarse. El New York Times escribió que estaba acabado. Su figura y su partido generaban un amplio rechazo en muchas capas de la sociedad y la prensa alemanas, y en especial en el presidente Hindenburg. Sin embargo, apenas dos meses después Hitler era nombrado canciller. ¿Qué ocurrió entre abril de 1932 y enero de 1933 para que Alemania cediera el poder a Hitler? ¿Cómo facilitó la democracia que ascendiera de ese modo alguien que podía destruirla? Con materiales de archivo hasta ahora inaccesibles, el historiador Timothy Ryback ha escrito una detallada crónica, semana a semana, día a día, en ocasiones hora a hora, para explicar cómo un país con una maquinaria democrática funcional entregó el poder absoluto a alguien que nunca tuvo una mayoría sustancial de votos y a quien la clase política consideraba un payaso. Proporciona una nueva perspectiva y conocimientos sobre la vida personal y profesional de Hitler en esos meses, en toda su complejidad e incertidumbre: acuerdos secretos, alianzas improbables, traiciones asombrosas, una auditoría fiscal inoportuna y un fin de semana fatídico que cambió nuestro mundo para siempre. Este es un libro de historia y un libro para el presente. Para que nadie olvide que Hitler no tomó el poder, sino que a Hitler el poder se lo ofrecieron.


OPINIÓN

No suelo poner título a mis reseñas pero en este caso bien hubiera podido ser "El suicidio de una democracia". El ascenso de Hitler al poder 1932-1933, de Timothy W. Ryback, autor de la aclamada La biblioteca privada de Hitler, ofrece ahora una de las reconstrucciones más precisas y perturbadoras del último tramo de la República de Weimar. Publicado en español por Galaxia Gutenberg con una traducción excelente de Alejandro Pradera, el libro no narra cómo Hitler tomó el poder, sino cómo se lo entregaron, paso a paso, personas que creyeron poder controlarlo. 

La humillación impuesta a Alemania por el Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial, el golpe devastador de la Gran Depresión y el profundo conservadurismo de las élites alemanas fueron factores decisivos en el ascenso de Adolf Hitler. Pero no fueron los únicos: también pesaron las decisiones —y los errores de cálculo— de otros protagonistas clave del momento. En un relato minucioso y convincente, Timothy Ryback reconstruye con precisión los vericuetos de la política alemana entre el verano de 1932 y el invierno de 1933. Estructurado en 22 capítulos breves y muy narrativos, más una posdata, el libro avanza casi día a día, a veces hora a hora.

Tras las elecciones de julio, los nazis se convirtieron en el partido más votado, aunque sin alcanzar la mayoría absoluta. Cuatro meses después, en noviembre, perdieron dos millones de sufragios y Hitler parecía políticamente acabado. Sin embargo, a finales de enero de 1933 fue nombrado canciller. La vieja aristocracia y los conservadores tradicionales sentían auténtico desprecio por él: lo consideraban un demagogo vulgar al frente de una banda de matones. Aun así, lo vieron como el mal menor, el instrumento más eficaz para frenar a socialistas y comunistas. Estaban convencidos de que, una vez en el poder, el “cabo bohemio” se moderaría y podrían controlarlo. Se equivocaron por completo. En cuestión de meses, Hitler convirtió la República de Weimar en una dictadura perfectamente legal. Y solo esperó a que el anciano presidente Paul von Hindenburg muriera en agosto de 1934 para fusionar los cargos de canciller y jefe de Estado y proclamarse Führer indiscutible del Tercer Reich. 

Sin ninguna duda, los verdaderos protagonistas del libro son una serie de personajes clave a los que el autor denomina como "los facilitadores”. Tiene mérito desplazar el foco del propio Hitler, al que se retrata como un hombre de voluntad férrea pero políticamente dependiente, hacia quienes realmente decidieron. Hombres como Franz von Papen, el canciller “caballero” que creía poder usar a los nazis como ariete contra la izquierda; Kurt von Schleicher, el general intrigante que inventó el concepto de “Zähmungsprozess” (proceso de domesticación) y que pensó que podría controlar a Hitler desde el Ministerio de Defensa; Alfred Hugenberg, el magnate de la prensa que financió y amplificó a los nazis para luego intentar domesticarlos; Paul von Hindenburg, el anciano mariscal que despreciaba a Hitler pero acabó firmando su nombramiento tras un fin de semana de presiones y chantajes. Ryback los dibuja con nitidez y sin caricatura; todos eran hombres cultos, experimentados y convencidos de su superioridad, que cometieron el mismo error fatal: creer que Hitler era un demagogo vulgar al que se podía usar y luego desechar. Ninguno entendió que su inmunidad al ridículo y su capacidad de mentir sistemáticamente lo convertían en un jugador imposible de derrotar en el terreno de la política parlamentaria. 

Ryback, que dirige su mirada principalmente hacia los conservadores alemanes, pasa de largo ante la pregunta que hoy parece más evidente: ¿por qué nunca se intentó de verdad una alianza entre los socialdemócratas moderados y los centristas católicos del Zentrum, conservadores pero claramente antibolcheviques y antinazis? Si Hitler había anunciado una y otra vez que utilizaría las reglas democráticas para liquidar la democracia, ¿cómo fue posible que quienes decían defenderla se lo permitieran? La cuestión ha sido analizada hasta la saciedad por los historiadores, pero quizá la explicación más humana y desgarradora siga siendo la que ofreció, apenas ocho años después del final de la guerra, el politólogo alemán Lewis Edinger, exiliado en Estados Unidos. Edinger conocía personalmente a muchos de los dirigentes socialdemócratas y pudo hablar con los que habían sobrevivido. Su conclusión fue clara y rotunda: «confiaban en que los mecanismos constitucionales y el pronto regreso de la sensatez y la decencia bastarían para salvar la República de Weimar y a sus principales defensores». Se equivocaron, y de qué manera.




Andrés CM

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