5 de octubre de 2026

Ir a la guerra. Memorias desde el frente - Max Hastings

Fecha de edición: 2.026 
Editorial: Desperta Ferro
Páginas: 376
Precio: 26,95 €
Género: Memorias
Otros libros reseñados del autor: 

Sinopsis: Si sir Max Hastings es uno de los autores de historia militar contemporánea más aclamados es por su capacidad para descifrar y entender la guerra, en todos sus niveles. Una capacidad fruto de haber vivido como corresponsal de guerra los conflictos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, desde Irlanda del Norte a Vietnam y desde Palestina a las Malvinas. En estas entretenidas, vertiginosas y a ratos hilarantes memorias que conforman el libro Ir a la guerra, Hastings despliega su maravillosa narrativa, esta vez en primera persona, para llevarnos desde sus ingenuos sueños románticos de una vida entre guerreros, frustrados por su fracaso sirviendo en el Regimiento de Paracaidistas, hasta ser el primer reportero en entrar en Puerto Stanley en las Malvinas, solo y por delante de la fuerza de desembarco británica, decidido a conseguir una exclusiva. 

Ir a la guerra. Memorias desde el frente es un relato vívido y chispeante, pero también desmitificador, de veinte años de periodismo en la línea de frente y esto no es un eufemismo: Hastings cuenta cómo huyó de Saigón en helicóptero desde la embajada estadounidense mientras la ciudad caía o cómo estuvo a punto de ser abatido a tiros por soldados turcos durante la invasión de Chipre. El Úlster, Vietnam, Biafra, Camboya, la Guerra del Yom Kippur, Rodesia, las Malvinas… la obra es un recorrido vital visceral e implacablemente honesto en el que el autor pasa de transcribir la historia a vivirla e incluso a arriesgar la vida para retratar la brutal realidad del combate moderno. Un testimonio directo y subjetivo que expone abiertamente la ambición por la primicia y las artimañas para ser el primero en dar la noticia, pero también la adicción a la adrenalina y el miedo paralizante, así como los dilemas morales que entraña informar acerca del dolor y de la muerte. Una obra maestra sobre periodismo de guerra.


OPINIÓN

Max Hastings es hoy un nombre habitual en la historiografía militar, pero antes de escribir sobre guerras ajenas tuvo que cubrirlas con una libreta en la mano. Ir a la guerra recoge esa etapa: los quince años que van de 1968 a 1982, desde los primeros pasos de un reportero joven, condicionado por el peso de una reputación familiar importante, hasta su consolidación como uno de los corresponsales más respetados de su generación. El resultado es un libro de memorias que se aparta del tono épico habitual del género.

La obra, de dieciséis capítulos, recorre los principales escenarios de la Guerra Fría: el Úlster, la guerra del Yom Kippur, las selvas de Camboya, Rodesia, la Angola de Jonas Savimbi y, con especial peso, Vietnam y las Malvinas. Hastings se presenta sin heroísmo alguno. Reconoce su miedo, admite que le faltaba valor físico y describe el pánico como una compañía constante del oficio. Esa franqueza es el rasgo más atractivo del libro, porque convierte al narrador en un testigo fiable de sus propias debilidades.

Las páginas dedicadas a Indochina son las más humanas. Allí el autor deja a un lado su cinismo británico y muestra una conmoción genuina ante el sufrimiento de la población local. En otros capítulos, como los de Rodesia o Angola, logra algo más difícil: separar su desprecio por ciertos actores políticos de la frialdad que exige el reportaje sobre el terreno. Informar sobre quien te desagrada sin deformar lo que ves es una disciplina que el libro ilustra con ejemplos concretos. 

El tramo final está dedicado a la campaña de las Malvinas de 1982. Es el bloque más extenso y probablemente el más memorable, con su famosa entrada en solitario en Puerto Argentino, adelantándose a las propias fuerzas de desembarco. La escena tiene algo de temeridad y algo de golpe de suerte periodística, y Hastings la cuenta sin presentarla como una gesta. 

Más allá de las campañas, lo más valioso del volumen es su retrato del oficio. El autor habla sin adornos de la adicción a la adrenalina, de la presión por conseguir la exclusiva, de los mecanismos de la censura militar y de la manera en que los informativos de televisión simplifican el combate hasta convertirlo en espectáculo. Frente a ese romanticismo de salón, defiende al soldado raso y contrapone la retórica aséptica de los despachos de mando a la torpeza y la sangre que muchas veces gobiernan el frente. Son pasajes que no envejecen, porque describen tensiones que siguen vigentes en la cobertura de cualquier conflicto actual.

Conviene señalar también sus límites. La estructura episódica favorece la anécdota sobre el análisis geopolítico, de modo que quien busque contexto estratégico y explicaciones de fondo tendrá que acudir a las obras históricas del propio Hastings, que cubren ese terreno con otro enfoque. A ello se suma una mirada claramente occidental y anglosajona. Esa perspectiva dota al texto de una enorme franqueza psicológica, pero también deja fuera otras voces y otros modos de entender los mismos hechos. No es un defecto menor, aunque es coherente con lo que el libro pretende ser: el testimonio personal de un corresponsal británico de su época, no una historia global de los conflictos que atravesó. 

Frente a la subjetividad febril de Despachos de guerra, de Michael Herr, el tono de Hastings resulta más sobrio y más escéptico. Donde Herr busca la inmersión alucinada, Hastings opta por la distancia irónica, y esa diferencia define el tipo de lector al que se dirige. Es una lectura muy recomendable para quien se interese por el periodismo de guerra, por la Guerra Fría vista desde el terreno o por la distancia entre el discurso oficial y la experiencia real del combate. 

Desperta Ferro Ediciones acierta al publicar estas memorias en español. Son un testimonio honesto, escrito con la perspectiva de las décadas, de cómo un joven periodista aprendió a desconfiar del mito bélico antes de dedicarse a contar la historia.



Andrés CM

2 de octubre de 2026

Los caminos a Roma - Catherine Fletcher

Fecha de edición: Abril 2.026 
Editorial: Taurus
Páginas: 560
Precio: 26,90 €
Género: Ensayo histórico

Sinopsis: «Todos los caminos llevan a Roma». El proverbio medieval no es solo una metáfora: las carreteras que hoy recorren Europa siguen, en muchos casos, los trazos del antiguo Imperio romano. Durante más de dos mil años, los caminos de Roma han sido transitados por cruzados y peregrinos, revolucionarios y dictadores, pero también por turistas y escritores, refugiados y artistas. En este libro seductor, Catherine Fletcher se embarca en un asombroso viaje para mostrarnos cómo estas vías (canales de comercio y de desplazamiento, rutas de conquista y de creatividad) transformaron para siempre las culturas europeas y entrelazaron los destinos de personas muy distintas. 

De Escocia a Cádiz, de Estambul a Roma, atravesamos naciones e imperios que han surgido y caído a lo largo de los siglos. En el camino nos encontramos con espías y bandidos, posaderos conspiradores, nobles bizantinos, jóvenes aristócratas en su Grand Tour, Napoleón, Keats y los Shelley, el abolicionista Frederick Douglass e incluso Mussolini recorriendo Italia en su motocicleta. Sustentado en una investigación original y rebosante de vida y drama, Los caminos a Roma es el primer libro que recorre la historia europea a través de una de las mayores redes imperiales jamás construidas y demuestra hasta qué punto ese pasado sigue íntimamente conectado con nuestro presente.


OPINIÓN

«Todos los caminos conducen a Roma» dejó de ser una abstracción en el instante en que Augusto erigió el Miliario de Oro en el Foro —simbolizado al otro lado del Mediterráneo por el Milion de Constantinopla—, fijando en piedra un punto cero desde el que medir y someter el orbe. A partir de esta vasta arquitectura que llegó a extenderse por catorce países actuales —desde Britania hasta Anatolia—, la catedrática Catherine Fletcher articula en Los caminos a Roma. Un viaje al pasado de Europa (Taurus) un ensayo que exige bajar la mirada al firme. Oportunamente publicada tras la reciente declaración de la Vía Apia como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la obra hibrida la erudición histórica con el diario de viaje para rastrear los fragmentos supervivientes de esa red. Su tesis es tan física como inquietante: una carretera jamás es un elemento neutro, sino un espacio tensionado entre la promesa de integración y la amenaza de dominación.

El recorrido arranca despojando a la «reina de las vías» —como la bautizó el poeta Estacio— y a sus arterias hermanas (Flaminia, Domicia) de su pátina idílica para restituir su naturaleza original: una implacable tecnología de control geopolítico. Construidas para agilizar el despliegue de las legiones, la recaudación fiscal y la asimilación cultural, estas rutas fueron símbolos materiales de la capacidad de Roma para doblegar la geografía. Fletcher ilustra esta ambición mediante piezas como los vasos de Vicarello —miliarios de plata que cartografiaban la ruta entre Cádiz y la capital—, pero no oculta la trastienda violenta del imperio. La red se cimentó sobre el trabajo esclavo y sirvió como arteria para una pax romana que, como recordaba Tácito, solía confundir la desolación con la paz; aunque, en un sugerente contrapunto, el ensayo revela cómo esas mismas vías y los bosques colindantes se convirtieron también en corredores de fuga para rebeldes y marginados. 

Tras la caída del Imperio de Occidente, el libro documenta la metamorfosis funcional del trazado clásico: las antiguas rutas de conquista se reconvirtieron en los grandes corredores de la fe. La obra sigue el rastro de viajeros emblemáticos y anónimos, desde la noble bizantina Arthelais huida por la Vía Egnacia en el siglo VI, hasta el arzobispo Sigerico de Canterbury, quien fijó en el año 990 las etapas de la Vía Francígena. A través de la Vía Militaris —donde la autora rememora las penalidades de los cruzados al internarse en los densos bosques búlgaros—, la calzada romana demostró su capacidad para mutar de piel. Durante la Edad Media y el Renacimiento, mientras humanistas como Montaigne o el papa Pío II promovían la reapertura de viejos firmes para conectar las nuevas villas, los caminos continuaron siendo el escenario inestable donde clérigos, espías y mercaderes constataron que controlar la infraestructura equivalía a controlar el mapa político. 

Con la llegada de la Modernidad, Fletcher analiza el tránsito desde la utilidad logística hacia la apropiación estética de la carretera. Los jóvenes aristócratas del Grand Tour recorrieron el pavimento romano entre quejas por la incomodidad de los carruajes y lamentos por el declive de la grandeza clásica —sensación atenuada tras los hallazgos de Pompeya—, cediendo el paso a la mirada del Romanticismo. Para autores como Goethe, Keats o el abolicionista Frederick Douglass, la ruta se convirtió en una vivencia contemplativa. Sin embargo, esta idealización convivió con la reutilización militar de las arterias antiguas: Napoleón mandó abrir el Paso del Simplón emulando la gesta de Aníbal, y más tarde el ferrocarril transformó la movilidad continental —pese a las protestas de John Ruskin, quien deploraba que el tren reducía al viajero a la condición de mero «paquete»—.

El capítulo dedicado al siglo XX representa el tramo más incisivo del volumen, al poner al descubierto la brutal manipulación ideológica de la infraestructura por parte de los totalitarismos. Tanto el fascismo de Mussolini —con la Marcha sobre Roma de 1922 o la construcción de la Via dei Fori Imperiali y la Via del Mare para escenificar la restitución del imperio— como el nazismo entendieron el asfalto como propaganda monumental. Fletcher evidencia con precisión el uso de las calzadas como escenario del turismo incipiente frente a su reverso trágico: el trazado por el que marcharon las legiones fue la misma vía de deportación que condujo a la población judía hacia Auschwitz, o por la que avanzaron los tanques aliados en la sangrienta campaña de 1943-1944 (rebautizando la Vía Apia como «Autopista 7»). Es la prueba palmaria de que un mismo suelo puede albergar huellas radicalmente opuestas. 

La aportación de Catherine Fletcher supone un estudio incisivo sobre la materialidad de la memoria y el peso del pasado en el paisaje europeo. Si bien el ingente marco temporal y geográfico del libro obliga en ocasiones a realizar saltos vertiginosos que priorizan las grandes figuras históricas sobre la experiencia del caminante común, su balance global resulta sólido. Al cerrar sus páginas, el lector comprende que los caminos no son meros enlaces topográficos, sino receptáculos de poder, resistencia y memoria; cicatrices de piedra que nos recuerdan que la historia que pisamos sigue condicionando el rumbo que elegimos.




Susana D.

30 de septiembre de 2026

Lecturas de septiembre

Arrancamos la temporada de otoño con un balance de nuestras lecturas de septiembre, donde destacan dos parejas de libros que dialogan a la perfección entre sí. Por un lado, nos hemos adentrado en la fascinante dinámica de la grandeza y el colapso de los imperios cruzando la obra de Eckart Frahm, Asiria. Auge y caída del primer imperio del mundo, con el sólido análisis de Antony Beevor en Rasputín y la caída de los Románov, dos estudios impecables que demuestran cómo, con milenios de distancia, la autocracia, las intrigas de corte y la crisis interna terminan por derrumbar a las potencias de su tiempo. Por otra parte, hemos emprendido un viaje apasionante a las raíces y mitos de la antigüedad conectando la maravillosa recreación de Peter Connolly en La leyenda de Odiseo con el riguroso viaje a los orígenes que propone Santiago Castellanos en Hispania. Una historia de España antes de España, trazando un puente perfecto entre la memoria homérica y la gestación de las sociedades de la península ibérica antes de la llegada de Roma. Un póquer de títulos imprescindible que, junto a nuestras incursiones en la era nuclear, la historia económica o la Fórmula 1, convierte a este mes de septiembre en el pistoletazo de salida ideal para el nuevo curso lector.


¿Habéis leído mucho durante el mes de septiembre? ¿Coincidimos en algún libro?




- "La leyenda de Odiseo" de Peter Connolly - Desperta Ferro (Reseña)

- "F1. De la parrilla a la gloria" de Alex Jacques - Oberon (Reseña)

- "Económica" de Victoria Bateman - Ático de los libros (Reseña)

- "Mitra. Un dios de Oriente a Occidente" de Israel Campos Méndez - Erasmus (Reseña)

- "Rasputín y la caída de los Románov"  de Antony Beevor - Crítica (Reseña)

- "Los cañones de Port Arthur" de Antonio Muñoz Lorente - HRM Ediciones (Reseña)

- "Hispania. Una historia de España antes de España" de Santiago Castellanos - Pinolia (Reseña)

- "La era nuclear" de Serhii Plokhy - Desperta Ferro (Reseña)

- "Asiria. Auge y caída del primer imperio del mundo" de Eckart Frahm - Ático de los libros (Reseña)



Andrés y Susana