8 de octubre de 2026

Innocentia - Juan Tranche

Fecha de edición: junio 2.026
Editorial: Planeta
Páginas: 448
Precio: 22,90 €
Género: Novela histórica

Sinopsis: Año 222 d. C. En la provincia bética de la Hispania romana, varias niñas desaparecen sin dejar rastro. Nadie investiga. Nadie responde. 

El miedo comienza a extenderse entre las familias mientras, de manera inexplicable, las autoridades miran hacia otro lado. 

Marciano Tauro, antiguo centurión retirado en Augusta Emerita, solo quiere enterrar su pasado. Pero cuando la sobrina de un viejo compañero se convierte en la siguiente víctima, comprende que no puede permanecer al margen. Junto a su esposa, Domicia, y a un joven huérfano, iniciará una investigación que destapará una red de trata de menores, corrupción y ambiciones políticas que conducen al corazón mismo del Imperio.



OPINIÓN

Para quienes nos acercamos por primera vez a la narrativa de Juan Tranche, Innocentia (Editorial Planeta) resulta una carta de presentación abrumadora; para sus lectores habituales, la obra consuma un notable viraje estilístico. Atrás queda la épica de la arena gladiatoria para adentrarse en los códigos del thriller histórico más sombrío. 

Ambientada en la provincia de la Bética en el año 222 d. C. —un momento de profunda inestabilidad política bajo la alargada sombra de la dinastía de los Severos—, la novela propone un descenso a las cloacas del Imperio. A través de una geografía minuciosamente recreada que abarca desde la actual Alcalá la Real (Sucaelo) hasta Hispalis y Gades —enriquecida en la edición por un ilustrativo mapa de la Bética romana obra de Carlos de Miguel, creador del podcast El Ocaso de Roma, que traslada la toponimia clásica a su correspondencia contemporánea—, el autor transforma la Hispania romana en un tablero donde la corrupción institucional lo enfanga todo.

El motor narrativo arranca con una premisa tan brutal como históricamente plausible: la desaparición sistemática de niñas en la impunidad de la noche, ante la calculada inacción de las magistraturas locales. Este vacío de poder obliga a intervenir a Marciano Tauro, un antiguo soldado traumatizado que se oculta en la provincia huyendo de las represalias de la poderosa Julia Maesa —exponente de ese fascinante grupo de princesas sirias que sostuvieron con mano firme las riendas de Roma desde la sombra—. Lo que comienza como una indagación personal, movida por los lazos de lealtad hacia la familia de un antiguo camarada, muta rápidamente en la disección de una vasta red de trata de menores. Tranche subraya aquí el abismal contraste espacial y moral entre el lujo ostentoso de las élites provinciales y la miseria de quienes el Estado considera prescindibles. 

Si por algo brilla la novela, es por su rigor histórico, que marida a la perfección con la prosa del autor, integrando la erudición pero sin caer en ningún momento en el didactismo enciclopédico. La legislación, las dinámicas clientelares y la crisis institucional del siglo III afloran de manera orgánica, subordinadas siempre a las necesidades de la trama. A través de esta inmersión, el relato plantea dilemas de hondo calado ético. Al perfilar a los antagonistas, la narración contrapone la maldad absoluta de figuras como Aquilio frente a los matices psicológicos de otros victimarios —como Orbiana o Foedus—, forzando al lector a preguntarse si los verdugos nacen como tales o son el producto inevitable de una sociedad fundamentada en la explotación extrema y la decadencia.

En el plano de la arquitectura de personajes, Innocentia sortea el arquetipo del investigador solitario para articular una trama coral donde la agencia femenina resulta determinante. Lejos de limitarse a un rol subsidiario, Domicia emerge como el contrapeso intelectual de Tauro, navegando con astucia las rigideces del patriarcado romano. A ella se suman personajes como Elia o Plautia, quienes, junto al huérfano Expósito, vertebran la carga emocional del relato. Fiel a la crudeza del tema central, el autor no edulcora la realidad de las víctimas; plasma pasajes de una dureza sobrecogedora, pero elude el morbo gratuito para denunciar la violencia estructural del sistema. 

Formalmente, Tranche adopta la cadencia implacable de la novela negra contemporánea. Apoyado en capítulos breves y giros bien dosificados, el ritmo narrativo se supedita a la urgencia de la investigación. Si bien esta estructura acelerada exige ciertas concesiones a los engranajes mecánicos del thriller, el sólido anclaje histórico mantiene intacta la verosimilitud del conjunto. La obra demuestra que el rigor documental y la tensión narrativa no son excluyentes, lo que convierte a esta novela en una lectura tan entretenida como ilustrativa de la Hispania romana en el primer cuarto del siglo III, bajo el mandato de los Severos —o de las mujeres de su casa, si se me permite—.




Susana D.

5 de octubre de 2026

Ir a la guerra. Memorias desde el frente - Max Hastings

Fecha de edición: 2.026 
Editorial: Desperta Ferro
Páginas: 376
Precio: 26,95 €
Género: Memorias
Otros libros reseñados del autor: 

Sinopsis: Si sir Max Hastings es uno de los autores de historia militar contemporánea más aclamados es por su capacidad para descifrar y entender la guerra, en todos sus niveles. Una capacidad fruto de haber vivido como corresponsal de guerra los conflictos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, desde Irlanda del Norte a Vietnam y desde Palestina a las Malvinas. En estas entretenidas, vertiginosas y a ratos hilarantes memorias que conforman el libro Ir a la guerra, Hastings despliega su maravillosa narrativa, esta vez en primera persona, para llevarnos desde sus ingenuos sueños románticos de una vida entre guerreros, frustrados por su fracaso sirviendo en el Regimiento de Paracaidistas, hasta ser el primer reportero en entrar en Puerto Stanley en las Malvinas, solo y por delante de la fuerza de desembarco británica, decidido a conseguir una exclusiva. 

Ir a la guerra. Memorias desde el frente es un relato vívido y chispeante, pero también desmitificador, de veinte años de periodismo en la línea de frente y esto no es un eufemismo: Hastings cuenta cómo huyó de Saigón en helicóptero desde la embajada estadounidense mientras la ciudad caía o cómo estuvo a punto de ser abatido a tiros por soldados turcos durante la invasión de Chipre. El Úlster, Vietnam, Biafra, Camboya, la Guerra del Yom Kippur, Rodesia, las Malvinas… la obra es un recorrido vital visceral e implacablemente honesto en el que el autor pasa de transcribir la historia a vivirla e incluso a arriesgar la vida para retratar la brutal realidad del combate moderno. Un testimonio directo y subjetivo que expone abiertamente la ambición por la primicia y las artimañas para ser el primero en dar la noticia, pero también la adicción a la adrenalina y el miedo paralizante, así como los dilemas morales que entraña informar acerca del dolor y de la muerte. Una obra maestra sobre periodismo de guerra.


OPINIÓN

Max Hastings es hoy un nombre habitual en la historiografía militar, pero antes de escribir sobre guerras ajenas tuvo que cubrirlas con una libreta en la mano. Ir a la guerra recoge esa etapa: los quince años que van de 1968 a 1982, desde los primeros pasos de un reportero joven, condicionado por el peso de una reputación familiar importante, hasta su consolidación como uno de los corresponsales más respetados de su generación. El resultado es un libro de memorias que se aparta del tono épico habitual del género.

La obra, de dieciséis capítulos, recorre los principales escenarios de la Guerra Fría: el Úlster, la guerra del Yom Kippur, las selvas de Camboya, Rodesia, la Angola de Jonas Savimbi y, con especial peso, Vietnam y las Malvinas. Hastings se presenta sin heroísmo alguno. Reconoce su miedo, admite que le faltaba valor físico y describe el pánico como una compañía constante del oficio. Esa franqueza es el rasgo más atractivo del libro, porque convierte al narrador en un testigo fiable de sus propias debilidades.

Las páginas dedicadas a Indochina son las más humanas. Allí el autor deja a un lado su cinismo británico y muestra una conmoción genuina ante el sufrimiento de la población local. En otros capítulos, como los de Rodesia o Angola, logra algo más difícil: separar su desprecio por ciertos actores políticos de la frialdad que exige el reportaje sobre el terreno. Informar sobre quien te desagrada sin deformar lo que ves es una disciplina que el libro ilustra con ejemplos concretos. 

El tramo final está dedicado a la campaña de las Malvinas de 1982. Es el bloque más extenso y probablemente el más memorable, con su famosa entrada en solitario en Puerto Argentino, adelantándose a las propias fuerzas de desembarco. La escena tiene algo de temeridad y algo de golpe de suerte periodística, y Hastings la cuenta sin presentarla como una gesta. 

Más allá de las campañas, lo más valioso del volumen es su retrato del oficio. El autor habla sin adornos de la adicción a la adrenalina, de la presión por conseguir la exclusiva, de los mecanismos de la censura militar y de la manera en que los informativos de televisión simplifican el combate hasta convertirlo en espectáculo. Frente a ese romanticismo de salón, defiende al soldado raso y contrapone la retórica aséptica de los despachos de mando a la torpeza y la sangre que muchas veces gobiernan el frente. Son pasajes que no envejecen, porque describen tensiones que siguen vigentes en la cobertura de cualquier conflicto actual.

Conviene señalar también sus límites. La estructura episódica favorece la anécdota sobre el análisis geopolítico, de modo que quien busque contexto estratégico y explicaciones de fondo tendrá que acudir a las obras históricas del propio Hastings, que cubren ese terreno con otro enfoque. A ello se suma una mirada claramente occidental y anglosajona. Esa perspectiva dota al texto de una enorme franqueza psicológica, pero también deja fuera otras voces y otros modos de entender los mismos hechos. No es un defecto menor, aunque es coherente con lo que el libro pretende ser: el testimonio personal de un corresponsal británico de su época, no una historia global de los conflictos que atravesó. 

Frente a la subjetividad febril de Despachos de guerra, de Michael Herr, el tono de Hastings resulta más sobrio y más escéptico. Donde Herr busca la inmersión alucinada, Hastings opta por la distancia irónica, y esa diferencia define el tipo de lector al que se dirige. Es una lectura muy recomendable para quien se interese por el periodismo de guerra, por la Guerra Fría vista desde el terreno o por la distancia entre el discurso oficial y la experiencia real del combate. 

Desperta Ferro Ediciones acierta al publicar estas memorias en español. Son un testimonio honesto, escrito con la perspectiva de las décadas, de cómo un joven periodista aprendió a desconfiar del mito bélico antes de dedicarse a contar la historia.



Andrés CM

2 de octubre de 2026

Los caminos a Roma - Catherine Fletcher

Fecha de edición: Abril 2.026 
Editorial: Taurus
Páginas: 560
Precio: 26,90 €
Género: Ensayo histórico

Sinopsis: «Todos los caminos llevan a Roma». El proverbio medieval no es solo una metáfora: las carreteras que hoy recorren Europa siguen, en muchos casos, los trazos del antiguo Imperio romano. Durante más de dos mil años, los caminos de Roma han sido transitados por cruzados y peregrinos, revolucionarios y dictadores, pero también por turistas y escritores, refugiados y artistas. En este libro seductor, Catherine Fletcher se embarca en un asombroso viaje para mostrarnos cómo estas vías (canales de comercio y de desplazamiento, rutas de conquista y de creatividad) transformaron para siempre las culturas europeas y entrelazaron los destinos de personas muy distintas. 

De Escocia a Cádiz, de Estambul a Roma, atravesamos naciones e imperios que han surgido y caído a lo largo de los siglos. En el camino nos encontramos con espías y bandidos, posaderos conspiradores, nobles bizantinos, jóvenes aristócratas en su Grand Tour, Napoleón, Keats y los Shelley, el abolicionista Frederick Douglass e incluso Mussolini recorriendo Italia en su motocicleta. Sustentado en una investigación original y rebosante de vida y drama, Los caminos a Roma es el primer libro que recorre la historia europea a través de una de las mayores redes imperiales jamás construidas y demuestra hasta qué punto ese pasado sigue íntimamente conectado con nuestro presente.


OPINIÓN

«Todos los caminos conducen a Roma» dejó de ser una abstracción en el instante en que Augusto erigió el Miliario de Oro en el Foro —simbolizado al otro lado del Mediterráneo por el Milion de Constantinopla—, fijando en piedra un punto cero desde el que medir y someter el orbe. A partir de esta vasta arquitectura que llegó a extenderse por catorce países actuales —desde Britania hasta Anatolia—, la catedrática Catherine Fletcher articula en Los caminos a Roma. Un viaje al pasado de Europa (Taurus) un ensayo que exige bajar la mirada al firme. Oportunamente publicada tras la reciente declaración de la Vía Apia como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la obra hibrida la erudición histórica con el diario de viaje para rastrear los fragmentos supervivientes de esa red. Su tesis es tan física como inquietante: una carretera jamás es un elemento neutro, sino un espacio tensionado entre la promesa de integración y la amenaza de dominación.

El recorrido arranca despojando a la «reina de las vías» —como la bautizó el poeta Estacio— y a sus arterias hermanas (Flaminia, Domicia) de su pátina idílica para restituir su naturaleza original: una implacable tecnología de control geopolítico. Construidas para agilizar el despliegue de las legiones, la recaudación fiscal y la asimilación cultural, estas rutas fueron símbolos materiales de la capacidad de Roma para doblegar la geografía. Fletcher ilustra esta ambición mediante piezas como los vasos de Vicarello —miliarios de plata que cartografiaban la ruta entre Cádiz y la capital—, pero no oculta la trastienda violenta del imperio. La red se cimentó sobre el trabajo esclavo y sirvió como arteria para una pax romana que, como recordaba Tácito, solía confundir la desolación con la paz; aunque, en un sugerente contrapunto, el ensayo revela cómo esas mismas vías y los bosques colindantes se convirtieron también en corredores de fuga para rebeldes y marginados. 

Tras la caída del Imperio de Occidente, el libro documenta la metamorfosis funcional del trazado clásico: las antiguas rutas de conquista se reconvirtieron en los grandes corredores de la fe. La obra sigue el rastro de viajeros emblemáticos y anónimos, desde la noble bizantina Arthelais huida por la Vía Egnacia en el siglo VI, hasta el arzobispo Sigerico de Canterbury, quien fijó en el año 990 las etapas de la Vía Francígena. A través de la Vía Militaris —donde la autora rememora las penalidades de los cruzados al internarse en los densos bosques búlgaros—, la calzada romana demostró su capacidad para mutar de piel. Durante la Edad Media y el Renacimiento, mientras humanistas como Montaigne o el papa Pío II promovían la reapertura de viejos firmes para conectar las nuevas villas, los caminos continuaron siendo el escenario inestable donde clérigos, espías y mercaderes constataron que controlar la infraestructura equivalía a controlar el mapa político. 

Con la llegada de la Modernidad, Fletcher analiza el tránsito desde la utilidad logística hacia la apropiación estética de la carretera. Los jóvenes aristócratas del Grand Tour recorrieron el pavimento romano entre quejas por la incomodidad de los carruajes y lamentos por el declive de la grandeza clásica —sensación atenuada tras los hallazgos de Pompeya—, cediendo el paso a la mirada del Romanticismo. Para autores como Goethe, Keats o el abolicionista Frederick Douglass, la ruta se convirtió en una vivencia contemplativa. Sin embargo, esta idealización convivió con la reutilización militar de las arterias antiguas: Napoleón mandó abrir el Paso del Simplón emulando la gesta de Aníbal, y más tarde el ferrocarril transformó la movilidad continental —pese a las protestas de John Ruskin, quien deploraba que el tren reducía al viajero a la condición de mero «paquete»—.

El capítulo dedicado al siglo XX representa el tramo más incisivo del volumen, al poner al descubierto la brutal manipulación ideológica de la infraestructura por parte de los totalitarismos. Tanto el fascismo de Mussolini —con la Marcha sobre Roma de 1922 o la construcción de la Via dei Fori Imperiali y la Via del Mare para escenificar la restitución del imperio— como el nazismo entendieron el asfalto como propaganda monumental. Fletcher evidencia con precisión el uso de las calzadas como escenario del turismo incipiente frente a su reverso trágico: el trazado por el que marcharon las legiones fue la misma vía de deportación que condujo a la población judía hacia Auschwitz, o por la que avanzaron los tanques aliados en la sangrienta campaña de 1943-1944 (rebautizando la Vía Apia como «Autopista 7»). Es la prueba palmaria de que un mismo suelo puede albergar huellas radicalmente opuestas. 

La aportación de Catherine Fletcher supone un estudio incisivo sobre la materialidad de la memoria y el peso del pasado en el paisaje europeo. Si bien el ingente marco temporal y geográfico del libro obliga en ocasiones a realizar saltos vertiginosos que priorizan las grandes figuras históricas sobre la experiencia del caminante común, su balance global resulta sólido. Al cerrar sus páginas, el lector comprende que los caminos no son meros enlaces topográficos, sino receptáculos de poder, resistencia y memoria; cicatrices de piedra que nos recuerdan que la historia que pisamos sigue condicionando el rumbo que elegimos.




Susana D.