Con una mezcla de firmeza y clemencia, Pedro intentará mantener el control, pero su relación con María de Padilla y el rechazo a su esposa, Blanca de Borbón, provocarán la ruptura con la aristocracia. La traición llegará a su punto álgido cuando sus propios aliados se vuelvan contra él. Capturado y humillado, logrará escapar y recuperar el trono, del que emergerá transformado en un hombre más desconfiado e implacable.
Mientras tanto, tras haberse exiliado en Francia y tejido alianzas en el marco de la Guerra de los Cien Años, Enrique regresará a Castilla para disputar el trono en medio de la guerra con Aragón, un conflicto que pronto desbordará lo dinástico y se convertirá en internacional.
Con personajes llenos de
fuerza, hombres hechos a la guerra y mujeres poderosas y heroicas en sus
gestos, El fratricida es una novela que demuestra que el equilibrio es frágil y
que la ambición desmedida no sólo es capaz de destruir vidas, sino de redefinir
el destino de todo un reino.
La novela arranca con un vacío de poder explosivo. Tras la muerte de Alfonso XI durante el cerco de Gibraltar, la corona recae sobre el joven Pedro, hijo legítimo de María de Portugal, un muchacho de apenas quince años criado lejos de los círculos áulicos, mientras sus hermanos bastardos, la prolífica descendencia que el rey tuvo con la Favorita, Leonor de Guzmán, campaban a sus anchas por el reino. Este punto de partida dibuja un escenario de honda tragedia humana.
Desde las primeras páginas, el gran acierto del autor es renunciar al maniqueísmo: el lector comparte la humillación pública de la reina María, comprende la inseguridad de Leonor de Guzmán, sufre la soledad de un Pedro coronado en una corte de lobos y entiende el rencor visceral de Enrique tras el asesinato de su madre. De ese choque de heridas y ambiciones nace una guerra civil sangrienta e inevitable.
En lo estructural,
estamos ante una novela de construcción pausada y profunda. Pérez Bolet no
busca el efectismo fácil: teje una trama política compleja y exigente que
recompensa al lector, sin sacrificar la agilidad narrativa. Durante dos décadas
asistimos a una sucesión de alianzas frágiles, pactos rotos, conspiraciones
palaciegas, exilios y asesinatos, con Castilla convertida en pieza clave de la
Guerra de los Cien Años, entre los intereses cruzados de Francia e Inglaterra.
La crudeza de la época se refleja con fidelidad: los personajes maduran a
golpes de traición y las figuras reales, bien ficcionadas, se vuelven seres
poliédricos, con fortalezas y debilidades oscuras. Es imposible no dudar entre
el afecto y el rechazo hacia los dos contendientes, atrapados en una espiral de
violencia que desemboca en los campos de Montiel.
El rigor documental es
patente en cada detalle político y en el sólido trasfondo de época. La novela
se cierra, además, con un interesante epílogo histórico que narra lo que vino
después de los hechos relatados, tanto en el bando de los petristas como en el
de los enriqueños. Y respeta al lector inteligente: en una época editorial a
menudo saturada de licencias anacrónicas y agendas presentistas, es un lujo sumergirse
en una obra donde la historia real supera a la ficción. A ello se suma un
detalle editorial que los amantes del género agradecerán: unos mapas
detallados, claros y coloridos en las solapas, imprescindibles para seguir los
movimientos de tropas y el complejo devenir del conflicto.
Quien llega a Montiel
conoce el desenlace, y aun así lo teme. Ahí reside el mérito del autor:
convertir un final conocido en una tragedia que se sufre página a página, la de
dos hermanos a quienes el rencor, la ambición y la sangre derramada volvieron
enemigos irreconciliables. Una novela histórica madura, absorbente y exigente,
indispensable para comprender un periodo violento y decisivo de nuestra Edad
Media.
















