Sinopsis: Su nombre parece condenado. Su rostro apenas se adivina en las vitrinas de un museo. Una nebulosa de olvido envuelve hoy la figura de Aníbal Barca en la otrora Hispania, como parte casi accidental de su postergada historia antigua. ¿Por qué tal destino para el hombre que osó desafiar a Roma desde nuestra tierra? Desde que pusiera pie en Gadir acompañando a su padre, en 237 a. e. c., hasta su partida, al frente de su ejército, en 218 a. e. c., transcurrieron casi dos décadas. Sin embargo, la atención dedicada a este periodo en la vida de Aníbal es insólitamente escasa. De todo este tiempo han debido quedar huellas, unas muchas enterradas y otras resistiendo inclemencias y desprecios. Sí: en Cádiz, en Cartagena, en el Tajo o en Sagunto, entre otros lugares, resuenan aún los ecos de sus sueños y batallas, al menos en el oído de quienes quieren oírlos, impelidos a recorrer los pasos de aquellos que los precedieron y acaso como respuesta a un profundo anhelo de permanencia. Es esta la historia ilustrada de un emocionante viaje cuyas conclusiones reivindican su dimensión hispánica y desagravian a uno de los personajes más fascinantes de la Antigüedad.
El autor, doctor en
Ciencias Químicas y CEO de Enagás, es uno de esos espíritus que se resisten a
las etiquetas fáciles. Tras tres décadas compaginando la alta dirección
empresarial con una pasión desbordante por la Antigüedad, ya había conquistado
a miles de lectores con su Trilogía de Aníbal —El heredero de Tartessos, El
cáliz de Melqart (Premio Hislibris 2014) y La cólera de Aníbal (Premio
Hislibris 2019)—, novelas que reconstruyen con rigor y viveza el mundo de los
Barca en Iberia. Ahora da un paso más y abandona la ficción para entregarnos
este ensayo que, por momentos, parece un cuaderno de campo elevado a la
categoría de literatura.
La estructura es muy equilibrada. Aizpiri alterna tres planos con gran maestría: el contexto histórico riguroso —citas a fuentes clásicas y a especialistas como Pedro Barceló o Manuel Bendala Galán, sin nunca caer en la erudición estéril—, la crónica de viaje personal —visitas reales a Cádiz, Cartagena, Sagunto, Carmona o el valle del Tajo, con encuentros inolvidables con arqueólogos, guardas de yacimientos y vecinos que aún respiran historia— y las ilustraciones a mano alzada que él mismo dibuja: monedas, relieves, murallas, esculturas. Estos dibujos no son mero adorno; actúan como ventanas directas a lo que las palabras a veces no alcanzan a transmitir, y convierten el libro en un objeto bello y útil. A todo ello también contribuye el estilo narrativo del autor, fluido y apasionado. Los capítulos breves se devoran, y al cerrar el volumen uno siente el impulso irrefrenable de calzarse las botas y repetir el itinerario.
Con el pasar de los capítulos he aprendido que, en el fondo, la obra defiende una tesis clara y poderosa: Aníbal no fue un invasor de paso, sino un producto genuino de Hispania. Aquí se educó, aquí mandó por primera vez y aquí concibió un imperio helenístico en Occidente. Aizpiri reivindica esa “dimensión hispánica” y, al mismo tiempo, eleva una defensa apasionada de la arqueología como patrimonio vivo. Denuncia —con datos y sin dogmatismo— la infravaloración de muchos yacimientos cartagineses e íberos: mal señalizados, amenazados e invisibles en los planes educativos. Así, su trabajo se convierte, casi sin pretenderlo, en una llamada sutil pero firme a proteger y a mirar con ojos nuevos lo que yace bajo nuestros pies, mientras seguimos los pasos del cartaginés más famoso de la historia.
En suma, Tras las huellas de Aníbal es una obra madura, hermosa y profundamente sugestiva que combina con destreza rigor histórico, sensibilidad literaria y una pasión auténtica por el patrimonio. Tanto para quienes se acercan por primera vez a la figura del insigne cartaginés como para aquellos que ya han leído sobre él en profundidad, tienen aquí una excelente oportunidad de sumergirse —o redescubrir— aquel remoto pasado a través de sus didácticas líneas y sus magníficas ilustraciones.














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