13 de mayo de 2026

Urraca. Una reina en el trono de un rey - Sonia Vital Fernández

Fecha de edición: 2.026
Editorial: Desperta Ferro
Páginas: 408 + 8 a color
Precio: 27,95 €
Género: Biografía
Colección: Historia Medieval

Sinopsis: Se cumplen novecientos años de la muerte de Urraca de León, la primera mujer que reinó por derecho propio en la Europa medieval. Un mundo donde la soberanía y el poder eran prerrogativas masculinas, pero en el que Urraca, desafiando convenciones y prejuicios, supo defender sus derechos e imponer su autoridad. En 1109, tras la muerte de su padre, Alfonso VI, Urraca accedió al trono de León y Castilla como reina titular y soberana por derecho propio, una posición inédita que tuvo que proteger desde el primer momento pues se le impuso un matrimonio con Alfonso I de Aragón y Pamplona, lo cual la sometía de nuevo a una tutela masculina y limitaba su poder. Urraca, sin embargo, decidió reinar en solitario y ejercer de pleno la soberanía heredada, apoyada en una red de alianzas que supo consolidar con habilidad. Sin referentes femeninos previos, construyó una imagen inédita de reina soberana, aunque los prejuicios asociados a su condición femenina marcaron profundamente la percepción posterior, las crónicas minimizaron su actuación política, cuestionaron su figura desde la moral y redujeron su reinado a un mero paréntesis entre su padre, Alfonso VI, y su hijo, Alfonso VII. Nada más alejado de su verdadera dimensión. Urraca ejerció el poder regio durante diecisiete años con eficacia y firmeza, defendió su legitimidad, sostuvo el reino ante presiones internas y externas y no dudó en negociar, forjar alianzas o tomar las armas cuando fue necesario. Nueve siglos después, el libro Urraca. Una reina en el trono de un rey, de la historiadora Sonia Vital Fernández, sirve tanto de homenaje a una soberana cuyo legado merece pleno reconocimiento, como de reevaluación del papel de las mujeres de poder en la Edad Media, porque Urraca fue reina, aunque se sentara en el trono de un rey.

OPINIÓN

La historiografía medieval ha funcionado tradicionalmente como un filtro deformante, construido por cronistas que veían en el mando femenino una anomalía que debía ser explicada mediante el reproche moral o la sospecha constante. En su obra Urraca. Una reina en el trono de un rey, Sonia Vital Fernández se propone precisamente desmantelar esa mirada sesgada para rescatar a la primera mujer que ejerció la soberanía de pleno derecho en la Europa occidental. Esta monografía, publicada por Desperta Ferro y convertida ya en un referente de este 2026, sostiene que Urraca no fue una figura de transición ni una reina accidental, sino una pieza clave en los complejos engranajes de las monarquías de León y Castilla, obligada a inventar una nueva gramática del poder en un entorno donde la autoridad solo se entendía en clave masculina.

Sonia Vital, doctora en Historia y experta en el siglo XII, sostiene que Urraca fue una mujer minuciosamente preparada por Alfonso VI para un trono en crisis, y presenta su reinado no como una sucesión de desastres matrimoniales, sino como un auténtico laboratorio político del período. La autora destaca que la reina tuvo que sostener la corona frente a una nobleza levantisca y una cúpula eclesiástica que, liderada por figuras como el arzobispo Gelmírez, ponía a prueba su legitimidad cada día; Urraca, lejos de ser la "reina imprudente" de las crónicas, fue una estadista capaz de equilibrar las facciones cortesanas con una astucia diplomática superior a la de muchos de sus contemporáneos varones. 

El núcleo de la obra explora el complejo escenario que Urraca heredó tras la muerte de su hermano Sancho en la batalla de Uclés. Vital Fernández detalla con precisión cómo Alfonso VI, en un movimiento inusual y arriesgado, nombró a su hija heredera de la corona de León y Castilla. No obstante, esta decisión no fue aceptada de buen grado por gran parte de la nobleza, que veía en una mujer una debilidad estructural frente a la amenaza de los almorávides. El trono, como indica el título, estaba diseñado para un rey, y Urraca tuvo que ocuparlo con una determinación política sin precedentes. 

Uno de los episodios más interesantes que analiza la biografía es el matrimonio de Urraca con Alfonso I de Aragón, "el Batallador". La autora huye hábilmente del relato doméstico para centrarse en la lectura geopolítica: la unión buscaba fusionar los reinos cristianos para frenar el avance islámico, pero terminó convirtiéndose en una guerra civil encubierta. Lo que sobre el papel era una alianza estratégica resultó ser un choque de trenes entre dos visiones del poder irreconciliables, donde Urraca se negó sistemáticamente a ser una reina consorte subordinada. Este enlace fue, en realidad, un campo de batalla por la autoridad legítima. Urraca defendió sus derechos sobre León y Castilla frente a las injerencias de su marido, para evitar que su reino fuera absorbido por la corona de Aragón, preservando así la identidad del territorio que debía transmitir a su heredero.

Hacia el tramo final, la investigación se centra en la compleja relación de Urraca con su hijo, el futuro Alfonso VII, y la nobleza gallega que lo utilizaba como punta de lanza. Vital Fernández describe cómo la reina tuvo que equilibrar su papel de madre con el de monarca, enfrentándose en ocasiones a los propios partidarios de su hijo para mantener el mando efectivo. Esta gestión de crisis permanente demuestra, según la autora, una capacidad extraordinaria para la alta política, manejando simultáneamente las fronteras militares y las traiciones palaciegas. 

La historiadora insiste en que el reinado de Urraca fue el "laboratorio" donde se ensayó la monarquía femenina en los reinos hispánicos. A pesar de las revueltas constantes y la presión externa, logró entregar un reino cohesionado y funcional a su sucesor. Este éxito rotundo desmonta los prejuicios de los cronistas medievales, demostrando que la eficacia de Urraca fue igual o superior a la de sus homólogos varones, sentando un precedente que culminaría siglos después con Isabel la Católica. 

Finalmente, es imposible obviar el envoltorio que Desperta Ferro ha dado a este trabajo. Destacar que el aparato gráfico —mapas, árboles genealógicos, imágenes y esquemas de poder— son una herramienta narrativa esencial. Esta edición permite al lector ver el reino de Urraca a través de su compleja geografía, complementando el relato ágil y riguroso de Vital. En suma, Urraca. Una reina en el trono de un rey se confirma como una lectura imprescindible que no solo rehabilita a una soberana olvidada, sino que obliga a repensar toda la estructura de poder de la plena Edad Media peninsular desde una perspectiva moderna, crítica y profundamente documentada.



Colección Historia Medieval



Susana D.

11 de mayo de 2026

El águila y la sotana - Julián Chaves

Fecha de edición: febrero 2.026
Editorial: Ático de los libros
Páginas: 600
Precio: 29,95 €
Género: Ensayo histórico

Sinopsis: Cuando Franco presentó la Guerra Civil como una cruzada por la fe y la patria, la Iglesia católica abrazó su discurso casi sin reservas. Desde ese momento, religión y poder caminaron juntos. En 1939, el papa Pío XII celebró la «victoria de la España católica» y selló una alianza que consolidó el poder del régimen franquista. 

A partir de entonces, la Iglesia no se limitó a legitimar al nuevo Estado: se convirtió en uno de sus pilares fundamentales. En El águila y la sotana, Julián Chaves nos descubre cómo la jerarquía eclesiástica participó activamente en la construcción del primer franquismo, influyendo de manera decisiva en la educación, la censura, la moral pública y los mecanismos de control social que marcaron la posguerra y dieron origen al nacionalcatolicismo franquista.

Fruto de una investigación rigurosa basada en fuentes inéditas de archivo, esta obra recorre los años decisivos que van del final de la Guerra Civil a 1945 y muestra cómo la alianza entre Iglesia y régimen moldeó la ideología franquista y condicionó la vida cotidiana de millones de españoles. El águila y la sotana es un libro imprescindible para comprender cómo se forjó el franquismo y el papel central que la Iglesia desempeñó en sus orígenes.


OPINIÓN

Casi todos tenemos interiorizado que la relación entre la Iglesia católica y el primer franquismo no fue simplemente una alianza política; fue una simbiosis ideológica tan profunda que dio lugar a un término único: el Nacionalcatolicismo. No obstante, esta relación no siempre fue tan idílica ni estuvo exenta de fricciones estratégicas. Para entender este periodo en toda su complejidad, Julián Chaves Palacios nos ofrece en su obra El águila y la sotana (Ático de los libros, 2026) una disección fundamental que huye del tópico para centrarse en el rigor documental. La obra de Chaves, catedrático de Historia Contemporánea, se erige como una radiografía de la columna vertebral del régimen. A diferencia de otros estudios que tratan esta relación como una coincidencia de intereses, el autor sostiene que estamos ante una unión orgánica donde ambas instituciones se necesitaban para refundar España sobre las cenizas de la República. 

Uno de los puntos que Chaves desarrolla con mayor lucidez es la transformación del golpe de Estado de 1936 en una "Cruzada de Liberación”. El autor explica cómo la Iglesia, herida por la persecución religiosa en la zona republicana, decidió otorgar al bando sublevado una justificación moral absoluta. Mediante el análisis de la Carta Colectiva de los Obispos de 1937, el libro demuestra cómo se "purificó" la violencia bélica: matar al enemigo ya no era un pecado, sino un acto de servicio a Dios contra el "comunismo ateo". Esta sacralización fue un proceso bidireccional. Mientras los obispos bendecían las armas, el ejército de Franco adoptaba una liturgia y un lenguaje religioso que permeaba desde los cuarteles hasta las trincheras. Esta comunión de intereses permitió que, tras la victoria en 1939, el régimen no tuviera que buscar una legitimación democrática convencional, pues ya contaba con la "bendición celestial" que la Iglesia le administraba generosamente ante el mundo.

Seguidamente la obra pasa a profundizar en la posguerra, Chaves describe cómo el Estado entregó las llaves de la sociedad civil a la Iglesia a cambio de su lealtad incondicional. La institución eclesiástica recuperó privilegios que no disfrutaba desde el Antiguo Régimen, obteniendo el control casi total sobre el sistema educativo y la censura de las costumbres. Este periodo convirtió a España en un Estado confesional extremo, donde el pecado y el delito se confundían bajo una misma legislación penal y moral. La obligatoriedad de la religión y el control sobre la vida privada fueron el pago de Franco a una Iglesia convertida en el principal agente de socialización. Dicha hegemonía no fue solo administrativa, sino que se filtró en la cotidianidad a través de las misiones pedagógicas católicas y la Acción Católica, configurando la mentalidad de las generaciones de posguerra bajo un prisma estricto de obediencia y tradición. 

Como he mencionado, a pesar de la imagen de unidad, el autor no elude las tensiones que existieron bajo la superficie, especialmente entre el sector eclesiástico y los falangistas más radicales. Se detalla cómo la Iglesia recelaba del carácter totalitario y potencialmente pagano de la Falange, que miraba con admiración los modelos de Hitler y Mussolini. Existía un temor fundado entre los obispos de que el Estado absorbiera las prerrogativas de la Iglesia, tal y como había sucedido en otros fascismos europeos. Franco utilizó magistralmente este conflicto para actuar como árbitro, apoyándose en la Iglesia para neutralizar a los falangistas cuando el escenario internacional obligó a España a moderar su estética fascista tras 1942. 

Finalmente, Chaves reflexiona sobre la eficacia de este sistema de control que perduró durante décadas. Señala que la Iglesia no solo legitimó el poder político, sino que participó activamente en la vigilancia de la población a través de los informes parroquiales. Estos documentos eran muchas veces decisivos para que los ciudadanos pudieran obtener empleos o evitar represalias, convirtiendo al párroco en una figura de autoridad civil y policial en cada localidad. 

En síntesis, una lectura esencial para entender por qué la identidad nacional española estuvo tan ligada al catolicismo durante el siglo XX. Esta herencia marcó profundamente la Transición, dejando una huella cultural y sociológica que todavía es perceptible en diversos debates de la España contemporánea.



Andrés CM

8 de mayo de 2026

Korea (1950-1953) La guerra olvidada - Russell A. Gugeler

Fecha de edición: 2.026
Editorial: Ediciones Licurgo
Páginas: 310
Precio: 24,95 €
Género: Historia militar

Sinopsis: Este libro es una recopilación de relatos que describen la acción de combate de pequeñas unidades del Ejército —escuadras y pelotones, compañías y baterías—. Son estas las unidades que entran directamente en combate, sufren las bajas y constituyen la verdadera fuerza combatiente de los batallones, regimientos, divisiones, cuerpos de ejército y, en última instancia, del ejército de campaña. Para los miembros de estas pequeñas unidades, el combate es una experiencia profundamente personal. Absorbidos por las tareas temibles y constantes de combatir y sobrevivir, estos hombres no pueden concebir la guerra en términos de una “visión de conjunto” tal como aparece representada en los mapas de situación de los cuarteles generales de cuerpo de ejército o de ejército. 

Los integrantes de una escuadra o de un pelotón solo conocen y comprenden aquello que pueden ver y oír del combate. Conocen el terreno por el que luchan, la ventaja que supone dominar las alturas, la protección que ofrece una trinchera o un pozo individual. Saben distinguir el sonido de las armas enemigas del de las propias; reconocen el sonido tranquilizador de los proyectiles de artillería amiga pasando sobre sus cabezas y el de los aviones aliados picando sobre el objetivo. Conocen la excitación del combate, la sensación alternante de euforia y desesperación, la percepción de una fuerza colectiva avasalladora y, al mismo tiempo, de una soledad absoluta. 

El autor ha tratado de describir el combate tal como lo han vivido los individuos, o al menos tal como se percibía desde el puesto de mando de una compañía. Para ello se ha incluido un nivel de detalle que rara vez aparece en los más áridos registros oficiales. Estos detalles y pequeños episodios del combate fueron aportados por los miembros supervivientes de las escuadras y compañías, a través de entrevistas y conversaciones minuciosas realizadas poco después de finalizar los combates.


OPINIÓN

A menudo eclipsada por la magnitud de la Segunda Guerra Mundial o la carga traumática de Vietnam, la Guerra de Corea suele denominarse "la guerra olvidada". Sin embargo, la obra de Russell A. Gugeler —publicada por Ediciones Licurgo— se propone rescatar este conflicto del ostracismo al que suele estar relegado en las librerías de lengua hispana, ofreciendo una crónica técnica pero profundamente humana de lo que fue, en realidad, el primer gran choque de la Guerra Fría. A diferencia de las historias oficiales que analizan el conflicto a nivel de divisiones, Gugeler centra su lente exclusivamente en la realidad visceral del combate a nivel de pequeña unidad. Al ignorar las "grandes flechas" de los mapas continentales, el autor logra capturar la esencia de lo que significa combatir en el barro, la nieve y la oscuridad de una península que se convirtió en el laboratorio de un nuevo orden mundial.


El conflicto estalló en junio de 1950 tras la incursión de las tropas norcoreanas en el sur, dando inicio a una fase bélica que solo vería su fin el 27 de julio de 1953, cuando la pequeña localidad de Panmunjom se convirtió en el escenario histórico donde se selló el armisticio. Aunque tras un primer año de movimientos intensos el frente se estabilizó, la letalidad de la guerra no disminuyó, dejando tras de sí un saldo humano devastador de entre 2 y 3 millones de personas fallecidas, una cifra escalofriante para una población que apenas alcanzaba los 30 millones en esa época.


En este contexto de atrocidades constantes en ambos bandos, la obra de Gugeler no se concibió meramente como un registro histórico, sino como un manual pedagógico crudo y directo. A través de estudios de caso meticulosamente documentados, el autor disecciona las acciones de escuadras y pelotones, demostrando que el curso de la historia a menudo se decidió en la iniciativa individual y la resiliencia de un puñado de soldados enfrentados al caos absoluto del frente. 

En Corea se prescindió del arsenal atómico en favor de un despliegue masivo de armamento convencional heredado de la Segunda Guerra Mundial, sumando hitos tecnológicos como los aviones a reacción y los helicópteros. Este imponente tablero militar contó con Estados Unidos liderando una coalición de 22 naciones bajo la bandera de la ONU con 325.000 efectivos, mientras que China movilizó a más de un millón de combatientes para frenar el avance aliado y la URSS mantuvo una presencia discreta para evitar un choque directo con Washington.

 

Gugeler traslada esta macro-escala al nivel del suelo, donde la honestidad técnica y moral es la norma; el autor no oculta los fallos en las comunicaciones, los errores de juicio de líderes inexpertos o el impacto del pánico. Su prosa es funcional y austera, cargada de una tensión que se ve reforzada por la descripción de armas encasquilladas por el frío glacial y la fatiga física extrema de hombres que debían escalar picos bajo fuego cruzado, ofreciendo una lección inolvidable sobre la logística del miedo.

 

Es fundamental señalar que la edición en español de Ediciones Licurgo es excelente, superando las expectativas del lector especializado. Esta versión cuenta con una traducción impecable que respeta la terminología militar original sin perder fluidez narrativa, e incluye una generosa cantidad de fotografías y mapas detallados que son esenciales para comprender la verticalidad extrema del terreno coreano, el cual actúa como un antagonista más en cada relato. 

En última instancia, la relevancia de esta obra persiste porque desmitifica el combate, presentándolo como un oficio complejo donde los fundamentos tácticos son la única barrera entre la supervivencia y el desastre. Para el lector en español, esta edición de Licurgo es una herramienta indispensable que humaniza las estadísticas de la guerra y explica su mecánica interna con una precisión técnica que ha resistido impecablemente la prueba del tiempo. 

Una joya de la historia mlitar que permite al público hispanohablante entender por fin la verdadera dimensión humana, táctica y profesional de los combates de pequeñas unidades en la Guerra de Corea.



Andrés CM