Sinopsis: En verano de 1812, Napoleón, en el apogeo de su dominio de Europa, marchó hacia Rusia con el mayor ejército de la historia y la convicción de que la expansión de su imperio era imparable. Sin embargo, apenas dos años después sus ejércitos fueron derrotados y Rusia salió victoriosa. Gracias a un profundo conocimiento de la singular realidad social, política y económica en tiempos del zar Alejandro I, este ensayo muestra por primera vez el papel crucial que desempeñó Rusia en las guerras napoleónicas. Dominic Lieven despliega ante los ojos del lector un auténtico fresco en el que tanto el emperador y los oficiales de su Estado Mayor como los soldados cobran vida. El fascinante relato pormenorizado de los acontecimientos que marcaron primero la estratégica retirada de las tropas rusas y finalmente la marcha sobre Europa liderada por el ejército del zar permite al autor desmantelar el afianzado mito según el cual la derrota de Napoleón fue el resultado del inclemente paisaje invernal ruso y señalar así el decisivo lugar de Rusia en la política europea, un lugar que incluso hoy merece la pena recordar.
El volumen abarca desde la paz de Tilsit de 1807 hasta la campaña de Francia de 1814, integrando con maestría los planos militar, diplomático, logístico, político y social. La invasión de 1812, inmortalizada por Tolstói, deja de ser el clímax aislado para convertirse en un capítulo dentro de una estrategia de mayor aliento: la preparación meticulosa del Estado ruso, la reorganización del ejército, la ampliación del reclutamiento, las mejoras en el abastecimiento y la inteligencia, y la “retirada profunda” concebida como arma decisiva. Las batallas emblemáticas se analizan con precisión quirúrgica, revelando cómo la persecución de la Grande Armée hasta el corazón de Europa no fue improvisación, sino culminación de un plan coherente que transformó a Rusia de víctima en libertadora del continente.
El objetivo principal del libro de Lieven, tal como él mismo señala en la introducción, es presentar un análisis breve, atractivo y accesible —aunque con un nivel razonable de rigor académico— sobre el esfuerzo militar ruso y su contribución decisiva a la caída de Napoleón. A pesar de tratarse de una obra de un solo volumen sobre un tema tan amplio, el autor cumple su propósito de forma notable. Sin duda, lo más destacado es la primera mitad del libro, que cubre el contexto previo a 1812 y los acontecimientos de ese año crucial. Allí, Lieven detalla con claridad cómo una serie de factores entrelazados terminaron provocando la derrota del emperador francés.
La derrota de Napoleón no
obedeció al “General Invierno”, a la inmensidad geográfica ni al patriotismo
ciego del pueblo ruso, sino a la eficacia de una maquinaria estatal
sofisticada, a una estrategia deliberada y a un liderazgo superior en varios
ámbitos decisivos. Alejandro I emerge retratado no como monarca vacilante, sino
como un visionario pragmático que comprendió mejor al adversario que este a los
rusos, mantuvo la legitimidad autocrática incluso tras la evacuación de Moscú y
demostró una habilidad diplomática excepcional para forjar y sostener la
coalición final con Prusia y Austria. Lejos del estereotipo de un coloso
desorganizado y lento, el ejército ruso destacó por su logística (especialmente
en el suministro de caballos y pertrechos, talón de Aquiles francés), su
caballería irregular, sus partisanos, su servicio de inteligencia y su
asombrosa capacidad de regeneración tras pérdidas colosales.
Cabe destacar que Rusia contó con un buen liderazgo, a pesar de las intrigas políticas y las luchas de egos, las figuras cobran relieve tridimensional. Barclay de Tolly, artífice frío y visionario de la retirada estratégica y la guerra de desgaste concebida ya desde 1810; Kutúzov, designado por motivos políticos para encarnar al carismático “general del pueblo” y galvanizar la moral de las tropas rusas, quien heredó y ejecutó con prudencia ejemplar esa doctrina de atrición, resistiendo las intensas presiones para batallas decisivas, preservando intacto el núcleo del ejército en Borodinó (donde forzó a Napoleón a combatir en términos rusos), tomando la dolorosa pero calculada decisión de abandonar Moscú para no arriesgar la fuerza principal, y optando durante la persecución por una táctica fabiana de hostigamiento continuo sin comprometerse en enfrentamientos de alto riesgo que podrían haber destruido su propio contingente, todo ello a pesar de las carencias logísticas que también aquejaban a los rusos; los cosacos y los soldados rasos anónimos.
El autor evita todo maniqueísmo, reconociendo errores rusos y virtudes francesas, pero insiste, con documentación abrumadora procedente de archivos militares rusos abiertos tras 1991, en que el núcleo de la victoria fue ruso. Señala que Napoleón acumuló una serie de fallos estratégicos que, vistos con la perspectiva del tiempo, resultan palmarios. Los mariscales, y muy especialmente Oudinot, cargan con una responsabilidad decisiva en el desastroso desempeño tanto de las fuerzas francesas como de la coalición durante la campaña rusa. No obstante, conviene no olvidar que las pérdidas rusas —muertos, prisioneros y desertores— fueron también muy elevadas, no solo las francesas. Aunque Kutúzov consiguió preservar el núcleo elite del ejército y a sus oficiales más destacados que sobrevivieron a Borodinó, las tropas zaristas distaban mucho de encontrarse en plenitud de condiciones cuando llegó la primavera. Finalmente, llega la parte dedicada a la marcha sobre Europa en 1813-1814, las subsiguientes campañas y la posterior caída de Napoleón, que muestra cómo el zarismo pasó de defensor a árbitro del destino continental, influyendo decisivamente en el Congreso de Viena.
En síntesis, superando con creces las narrativas occidentales centradas exclusivamente en la campaña de 1812, Lieven restituye al Imperio ruso su protagonismo absoluto en la derrota de Napoleón y en la reconfiguración del continente. Lo logra a través de una obra de colosal ambición, excepcional profundidad y excelencia narrativa que perdurará como referencia obligada sobre las guerras napoleónicas.














