1 de julio de 2026

Lecturas de junio

El mes de junio nos ha dejado una travesía literaria fascinante a través de distintas épocas y continentes, marcada por una novedad que nos hace especial ilusión: iniciamos nuestra colaboración con Ediciones Salamina. No podíamos comenzar de mejor forma que adentrándonos en la brutalidad del Frente Oriental con La guerra Nazi-Soviética de David Stahel, un análisis riguroso y desmitificador de uno de los conflictos más decisivos y sangrientos de la Segunda Guerra Mundial. Esta intensidad histórica ha sido la tónica general del mes, llevándonos a explorar la compleja figura del rey guerrero detrás del mito de Agincourt en la brillante biografía Enrique V de Dan Jones, y a viajar a la antigüedad para redescubrir una civilización clave con Cartago de Eve MacDonald. Para rematar este formidable cuarteto, Peter Cozzens nos ha arrastrado a la dura y polvorienta frontera americana con Deadwood, separando la leyenda de la realidad para mostrarnos la cruda vida del mítico asentamiento minero. Junto al resto de lecturas que han ido desde la aviación bélica hasta el misterio y los manuales de supervivencia, junio se despide como un mes de contrastes espectaculares y una calidad histórica verdaderamente envidiable.


¿Habéis leído mucho durante el mes de junio? ¿Coincidimos en algún libro?





- "Cruz torcida" de Sally Carson - Alianza Editorial (Reseña)
 
- "Aviones de leyenda de la Segunda Guerra Mundial" de José Antonio Peñas - Pinolia (Reseña)

- "Enrique V" de Dan Jones - Ático de los libros (Reseña)

- "Cartago" de Eve MacDonald - Taurus (Reseña)

- "Y si el mundo se va a la mierda" de Joshua Piven y David Borgenicht - Oberon (Reseña)

- "La guerra Nazi-Soviética" de David Stahel - Ediciones Salamina (Reseña)

- "Deadwood. Oro, revólveres y whisky en el salvaje Oeste" de Peter Cozzens - Desperta Ferro (Reseña)

- "El pintor de iconos" de Joaquín Alonso - Pàmies (Reseña)


Andrés y Susana

29 de junio de 2026

El pintor de iconos - Joaquín Alonso

Fecha de edición: mayo 2.026
Editorial: Pàmies
Páginas: 400
Precio: 22,95 €
Género: Novela histórica

Sinopsis: Las fronteras del Imperio bizantino sufren los embates del pujante califato Abásida, que lucha por arrebatar a Constantinopla la hegemonía en el Mediterráneo oriental. La prohibición del culto a las imágenes religiosas, que el emperador Teófilo ha llevado al extremo, debería poner a Dios de su parte y darle la victoria, según los teólogos iconoclastas, pero no todo el mundo está de acuerdo. 

En el monasterio de San Anastasio, un anciano monje sigue dedicándose clandestinamente a su labor de pintor, pese a la persecución oficial. Su obra maestra debe ser entregada en secreto a una dama de la corte, y para ello necesitará la colaboración de dos jóvenes hermanos de muy distinto temperamento. El mayor, Alexios, se inclina por la milicia y una vida aventurera que le permita convertirse en caballero. Sus peripecias lo llevarán al campo de batalla y a introducirse sin querer en los entresijos de la alta política imperial. Por su parte, el hermano menor, Bartolomé, que proyecta continuar la labor monástica y pictórica de su maestro, deberá padecer el exilio y tendrá una segunda vida en Bagdad. Allí pasará por experiencias inesperadas que le harán replantearse el sentido de su vida. 

Las callejas de Constantinopla y la Casa de la Sabiduría de Bagdad, las iglesias decoradas de Capadocia y los parajes agrestes donde bizantinos y agarenos combaten o intercambian prisioneros son los escenarios donde se desarrollan dos vidas en las que se entrelazan aventura y búsqueda espiritual.


OPINIÓN

El siglo IX en el Mediterráneo oriental no fue una época para tibios. Fue un tablero de ajedrez donde dos colosos, el Imperio bizantino y el pujante califato Abásida, chocaban sistemáticamente por la hegemonía del mundo conocido. Sin embargo, en El pintor de iconos, Joaquín Alonso nos demuestra que las guerras más encarnizadas no siempre se libran con acero en las fronteras, sino en la intimidad de los monasterios y en el dogmatismo de las cortes. Publicada por Ediciones Pàmies, la novela es un viaje cultural fascinante, y un ejercicio de contrastes donde la devoción, el arte y el choque de civilizaciones se entrelazan a través del destino de dos hermanos. 

El motor narrativo de la novela arranca en un escenario de asfixia. El emperador Teófilo ha llevado la querella iconoclasta a sus últimas consecuencias: la destrucción de las imágenes religiosas no es solo una cuestión teológica, sino una desesperada superstición de Estado para ganarse el favor divino contra los ejércitos del islam. En este clima de persecución y paranoia, donde pintar el rostro de un santo es sinónimo de herejía, ceguera o exilio, encontramos en el monasterio de San Anastasio a Félix, un anciano maestro pintor que resiste desde la clandestinidad. 

A través de la figura de este mentor, Alonso acierta de pleno al retratar el arte sacro no como una mera cuestión estética, sino como un peligroso acto de resistencia política. Con ello, rinde un precioso homenaje a todas aquellas personas anónimas que, a lo largo de la historia, antepusieron la preservación del arte y la sabiduría a su propia supervivencia. La elaboración secreta de una obra maestra sirve como detonante para arrastrar a nuestros verdaderos protagonistas —los jóvenes hermanos Alexios y Bartolomé— al ojo del huracán.

Para reflejar las tensiones de la época, el autor recurre a la separación de caminos de los dos hermanos cuyas vivencias y evolución articulan el peso de la trama. Por un lado, Alexios representa la vía de la espada y la respuesta militar de un imperio asediado; su vocación lo lleva a las zonas de frontera, al intercambio de prisioneros y a las intrigas de la corte, donde logra ascender puestos dentro del entramado político. Por otro, Bartolomé encarna la vía del espíritu al heredar el oficio pictórico de su maestro Félix; tras ser condenado al exilio, deja atrás Constantinopla para iniciar un trayecto que lo llevará hasta Bagdad, donde se integrará en el entorno del erudito Hunayn ibn Ishaq para colaborar en las traducciones de la Casa de la Sabiduría, ofreciendo un contrapunto centrado en el desarrollo intelectual y personal. 

Si hay un elemento donde El pintor de iconos brilla por encima de todo, es en su inmersiva ambientación. Los escenarios no son meros decorados de cartón piedra, sino entes vivos que condicionan la trama. Alonso huye del maniqueísmo para ofrecernos un choque frontal de dos mundos: la cerrazón de una Constantinopla obsesionada con purgar su propio patrimonio, frente a la ebullición filosófica, científica y tolerante del califato Abásida. 

A nivel estructural, la novela guarda un as en la manga: una audaz elipsis temporal en su segunda mitad. Aunque este salto puede descolocar ligeramente al principio, pronto se revela como un recurso necesario para mostrarnos cómo las cicatrices y las experiencias de los años han terminado de moldear y curtir a los protagonistas. Además, es de agradecer que Alonso esquive con maestría el temido síndrome de "tesis doctoral" que lastra a tantas novelas históricas. Aquí no hay saturación de datos ni pesadas lecciones académicas; la información fluye de manera orgánica, manteniendo un ritmo constante de aventuras y descubrimientos, aunque esto conlleve que temas de gran potencial —como la propia técnica de la pintura de iconos o las raíces más profundas del conflicto bizantino-abasí— se traten con algo menos de profundidad de la que a los más puristas les gustaría. 

En definitiva, Joaquín Alonso ha tejido en El pintor de iconos una historia de crecimiento personal y búsqueda de identidad muy sólida. Con una prosa fluida y un balance acertado entre divulgación y entretenimiento, el libro se erige como una puerta de entrada idónea a una época menos trillada de la Edad Media, resultando un viaje muy disfrutable para los asiduos al género histórico.



Susana D.

25 de junio de 2026

Deadwood. Oro, revólveres y whisky en el salvaje Oeste - Peter Cozzens

Fecha de edición: 2.026
Editorial: Desperta Ferro
Páginas: 464
Precio: 27,95 €
Género: Ensayo histórico
Otro libro reseñado del autor: 

Sinopsis: Deadwood fue descrita en su día como «la ciudad más diabólica sobre la faz de la tierra», un ombligo de pecado que emergió a comienzos de 1876 en las Black Hills (Dakota del Sur), excrecencia de la fiebre del oro que convocó allí a miles de mineros, buscavidas, pistoleros, prostitutas y mercachifles. Una ciudad de barracas infectas, de saloons donde corría el alcohol y de habitantes de dudosa moralidad y de gatillo fácil, pero que apenas tres años después fue asolada por un pavoroso incendio, cual purificador castigo bíblico. Un lugar destinado a alimentar la imaginación y la mística del salvaje Oeste, poblado de personajes legendarios desde Wild Bill Hickok, Calamity Jane o Caballo Loco. 

Peter Cozzens, autor del aclamado La tierra llora, ha desnudado minuciosamente capas y capas de mitos y leyendas –desde novelas baratas del siglo XIX como Deadwood Dick, hasta la exitosa serie dramática de HBO, pasando por las vallas publicitarias de los casinos de la actual Deadwood– para desvelar la verdadera historia de Deadwood, alejada del romanticismo con el que Estados Unidos ha cimentado ese mito fundacional que es la conquista del Oeste. Erigida en tierras robadas descaradamente a los lakotas, Deadwood no era solo un lugar donde acechaban los forajidos, como Tombstone o Dodge City, sino que era en sí misma una empresa al margen de la ley, situada fuera del territorio estadounidense y que no se sujetaba ni a las leyes ni al Gobierno de Estados Unidos: era el revólver quien imperaba. Una falta de normas que, por otra parte, fomentó una autosuficiencia y un espíritu de cooperación propios de la frontera y que convirtió a Deadwood en un lugar excepcionalmente acogedor para los afroamericanos y los inmigrantes chinos en una época de profunda discriminación. 

Deadwood revela cómo una ciudad fronteriza llegó a encarnar lo mejor y lo peor del salvaje Oeste: un ejemplo del eterno reto de la humanidad para crear orden a partir del caos, de superar la codicia individual en pos del bien colectivo y de conseguir seguridad y superar la violencia, entre tiroteos, asaltos a diligencias y whisky a raudales.


OPINIÓN

Para muchos de nosotros, el imaginario del Salvaje Oeste está pavimentado con fotogramas de John Ford, duelos al atardecer y las páginas de las novelas de a duro. En el terreno televisivo, la obra maestra de David Milch para la HBO, Deadwood, logró redefinir el wéstern y el drama de la pequeña pantalla de la misma manera que lo hicieron Los Soprano o The Wire. Sin embargo, la ficción siempre acaba rindiéndose, en mayor o menor medida, a la leyenda. Por eso, cuando un gigante de la historiografía norteamericana como Peter Cozzens —avalado por obras cumbre de la temática como La tierra llora— decide clavar su pico y su pala en las Black Hills de Dakota del Sur, el resultado es un magistral ejercicio de disección histórica. Con Deadwood. Oro, revólveres y whisky en el salvaje Oeste, el autor demuestra que las crónicas reales de este infame asentamiento son igual de apasionantes que los productos televisivos, confirmando de paso la portentosa labor de documentación que precedió a la famosa serie. 

El gran acierto de Cozzens es contextualizar el nacimiento de Deadwood no como una aventura épica aislada, sino como la válvula de escape de una nación asfixiada y cimentada sobre profundos pecados de fundación. El autor nos traslada magistralmente a las secuelas del devastador Pánico de 1873: un país con los ferrocarriles inactivos, desempleo rampante y cielos del Medio Oeste oscurecidos por plagas bíblicas de langostas. En ese escenario de miseria, el anuncio del hallazgo de oro en las Black Hills funcionó como un imán irresistible. Poco importaba que aquellas tierras pertenecieran legítimamente a los lakotas según el Tratado de Fort Laramie de 1868; la desesperación empujó a miles de buscavidas a violar las fronteras indígenas. En cuestión de semanas, lo que era un pacífico y virgen bosque de pinos se transformó en el asentamiento más perverso de la frontera, experimentando una explosión demográfica sin parangón que disparó la población de unos pocos cientos a más de cinco mil habitantes en apenas un mes.

Esta invasión ilegal desató una crisis geopolítica de proporciones colosales. El autor no teme desvelar las cloacas del gobierno de Washington, revelando cómo el presidente Ulysses S. Grant y su camarilla provocaron en secreto la Gran Guerra Sioux para favorecer a los intrusos blancos. De la noche a la mañana, el campamento de Deadwood Gulch se convirtió en una isla precaria y anárquica rodeada por un mar de nativos hostiles. El lugar operaba por completo al margen de las leyes oficiales de los Estados Unidos y de cualquier jurisdicción estatal, convirtiendo el hacinamiento, las calles enfangadas y las edificaciones destartaladas de madera de pino en el escenario perfecto para un experimento social sin red de seguridad.

 

Lejos de estructurar el libro como una fría sucesión de datos, Cozzens otorga a la propia ciudad el papel principal, tratándola como un organismo vivo a lo largo de cuatro grandes partes que narran su concepción, su nacimiento, su turbulenta adolescencia y su trágico final. En este ecosistema desfilan los sospechosos habituales del imaginario colectivo, pero despojados de su romanticismo. Frente a frente se sitúan personalidades arrolladoras que encarnaban las dos almas del pueblo: por un lado, figuras como Al Swearingen, dueño del burdel Gem Saloon, quien representaba la vertiente más vil, lasciva y despiadada del espíritu pionero; por el otro, el célebre sheriff Seth Bullock, cuya aplicación audaz, decisiva e imparcial de la ley intentó insuflar algo de cordura en un entorno hostil. 

El texto esquiva con firmeza los clichés de Hollywood al retratar las dinámicas sociales del campamento. Cozzens equilibra la balanza entre la crónica de los pistoleros legendarios como Wild Bill Hickok o Calamity Jane y el coste humano más sombrío del asentamiento. Un ejemplo de ello es el desgarrador tratamiento que dedica a las trabajadoras sexuales del pueblo, alejadas de cualquier glamur y consumidas por la miseria cotidiana. 

«Las muertes por enfermedades de la frontera, narcóticos, abortos, enfermedades venéreas y peligrosos remedios de charlatanes… también asolaron las filas de las mujeres, ya debilitadas por la cópula constante con hombres sucios...» 

Sin embargo, en mitad de esta atmósfera de depravación y egoísmo, se desentierra una paradoja fascinante: la sorprendente diversidad étnica y la tolerancia racial de Deadwood, muy avanzada para los estándares de la época. A través de las páginas descubrimos la relevancia de la comunidad china, que no solo aportó mano de obra en los lavaderos y las minas, sino que vio prosperar a comerciantes prominentes como Wong Fee Lee. Este último llegó a regentar una exitosa tienda de importaciones asiáticas y a contar entre sus amigos más cercanos al propio sheriff Bullock y a su socio, el empresario Sol Star, demostrando que la necesidad de cohesión en la frontera a veces superaba a los prejuicios del hombre blanco.

La azarosa y desenfrenada vida de Deadwood apenas duró tres años, de 1876 a 1879, pero es difícil encontrar un trienio más denso en la historia urbana americana. El colofón de esta era llegó el 26 de septiembre de 1879, una fecha maldita grabada a fuego como el "Viernes Negro". Un devastador incendio iniciado en una panadería construida con madera de pino seca se propagó a una velocidad terrorífica, reduciendo a cenizas más de trescientos edificios y borrando el núcleo comercial del mapa en unas pocas horas.

 

La tesis planteada en este punto es demoledora y profundamente política: el desastre no fue una simple fatalidad, sino la consecuencia directa de un individualismo desenfrenado. Al no estar constituido el pueblo como municipio oficial, la seguridad colectiva dependía de la financiación voluntaria y de la cooperación de sus ciudadanos para mantener equipos contraincendios. En un lugar donde la acumulación salvaje de riqueza primaba por encima del bienestar comunitario, nadie quiso pagar por el agua común hasta que fue demasiado tarde. Aunque Deadwood volvió a levantarse de sus cenizas con el tiempo, el incendio del Viernes Negro clausuró para siempre su mítica época de impunidad y libertinaje. 

Como es norma de la casa en Desperta Ferro Ediciones, la factura física del volumen redondea la experiencia de lectura. Su esclarecedora cartografía de las Black Hills y de la propia ciudad, junto al imponente despliegue fotográfico de la época, se convierten en la guía indispensable para conocer y no perderse entre la enorme densidad de nombres, corrientes socioeconómicas y disputas políticas que el autor maneja en sus páginas. Gracias a estos elementos de edición, lo que podría haber sido un aluvión de datos capaz de abrumar al lector ajeno a la materia se vuelve un terreno totalmente transitable, donde además los seguidores de la serie de HBO contarán con la ventaja añadida de su familiaridad con el reparto principal. 

​Si bien La tierra llora sigue pareciéndome no solo la obra cumbre de su autor, sino uno de los mejores libros de historia —y en general— que he leído en mi vida, este viaje a Deadwood es un "spin-off" soberbio que consolida a Peter Cozzens como el cronista definitivo del salvaje Oeste. Un ensayo imprescindible para cualquiera que desee descubrir cómo, en un rincón olvidado del mundo, el progreso se pagó con la moneda de la codicia, el fuego y la sangre.




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Andrés CM