2 de octubre de 2026

Los caminos a Roma - Catherine Fletcher

Fecha de edición: Abril 2.026 
Editorial: Taurus
Páginas: 560
Precio: 26,90 €
Género: Ensayo histórico

Sinopsis: «Todos los caminos llevan a Roma». El proverbio medieval no es solo una metáfora: las carreteras que hoy recorren Europa siguen, en muchos casos, los trazos del antiguo Imperio romano. Durante más de dos mil años, los caminos de Roma han sido transitados por cruzados y peregrinos, revolucionarios y dictadores, pero también por turistas y escritores, refugiados y artistas. En este libro seductor, Catherine Fletcher se embarca en un asombroso viaje para mostrarnos cómo estas vías (canales de comercio y de desplazamiento, rutas de conquista y de creatividad) transformaron para siempre las culturas europeas y entrelazaron los destinos de personas muy distintas. 

De Escocia a Cádiz, de Estambul a Roma, atravesamos naciones e imperios que han surgido y caído a lo largo de los siglos. En el camino nos encontramos con espías y bandidos, posaderos conspiradores, nobles bizantinos, jóvenes aristócratas en su Grand Tour, Napoleón, Keats y los Shelley, el abolicionista Frederick Douglass e incluso Mussolini recorriendo Italia en su motocicleta. Sustentado en una investigación original y rebosante de vida y drama, Los caminos a Roma es el primer libro que recorre la historia europea a través de una de las mayores redes imperiales jamás construidas y demuestra hasta qué punto ese pasado sigue íntimamente conectado con nuestro presente.


OPINIÓN

«Todos los caminos conducen a Roma» dejó de ser una abstracción en el instante en que Augusto erigió el Miliario de Oro en el Foro —simbolizado al otro lado del Mediterráneo por el Milion de Constantinopla—, fijando en piedra un punto cero desde el que medir y someter el orbe. A partir de esta vasta arquitectura que llegó a extenderse por catorce países actuales —desde Britania hasta Anatolia—, la catedrática Catherine Fletcher articula en Los caminos a Roma. Un viaje al pasado de Europa (Taurus) un ensayo que exige bajar la mirada al firme. Oportunamente publicada tras la reciente declaración de la Vía Apia como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la obra hibrida la erudición histórica con el diario de viaje para rastrear los fragmentos supervivientes de esa red. Su tesis es tan física como inquietante: una carretera jamás es un elemento neutro, sino un espacio tensionado entre la promesa de integración y la amenaza de dominación.

El recorrido arranca despojando a la «reina de las vías» —como la bautizó el poeta Estacio— y a sus arterias hermanas (Flaminia, Domicia) de su pátina idílica para restituir su naturaleza original: una implacable tecnología de control geopolítico. Construidas para agilizar el despliegue de las legiones, la recaudación fiscal y la asimilación cultural, estas rutas fueron símbolos materiales de la capacidad de Roma para doblegar la geografía. Fletcher ilustra esta ambición mediante piezas como los vasos de Vicarello —miliarios de plata que cartografiaban la ruta entre Cádiz y la capital—, pero no oculta la trastienda violenta del imperio. La red se cimentó sobre el trabajo esclavo y sirvió como arteria para una pax romana que, como recordaba Tácito, solía confundir la desolación con la paz; aunque, en un sugerente contrapunto, el ensayo revela cómo esas mismas vías y los bosques colindantes se convirtieron también en corredores de fuga para rebeldes y marginados. 

Tras la caída del Imperio de Occidente, el libro documenta la metamorfosis funcional del trazado clásico: las antiguas rutas de conquista se reconvirtieron en los grandes corredores de la fe. La obra sigue el rastro de viajeros emblemáticos y anónimos, desde la noble bizantina Arthelais huida por la Vía Egnacia en el siglo VI, hasta el arzobispo Sigerico de Canterbury, quien fijó en el año 990 las etapas de la Vía Francígena. A través de la Vía Militaris —donde la autora rememora las penalidades de los cruzados al internarse en los densos bosques búlgaros—, la calzada romana demostró su capacidad para mutar de piel. Durante la Edad Media y el Renacimiento, mientras humanistas como Montaigne o el papa Pío II promovían la reapertura de viejos firmes para conectar las nuevas villas, los caminos continuaron siendo el escenario inestable donde clérigos, espías y mercaderes constataron que controlar la infraestructura equivalía a controlar el mapa político. 

Con la llegada de la Modernidad, Fletcher analiza el tránsito desde la utilidad logística hacia la apropiación estética de la carretera. Los jóvenes aristócratas del Grand Tour recorrieron el pavimento romano entre quejas por la incomodidad de los carruajes y lamentos por el declive de la grandeza clásica —sensación atenuada tras los hallazgos de Pompeya—, cediendo el paso a la mirada del Romanticismo. Para autores como Goethe, Keats o el abolicionista Frederick Douglass, la ruta se convirtió en una vivencia contemplativa. Sin embargo, esta idealización convivió con la reutilización militar de las arterias antiguas: Napoleón mandó abrir el Paso del Simplón emulando la gesta de Aníbal, y más tarde el ferrocarril transformó la movilidad continental —pese a las protestas de John Ruskin, quien deploraba que el tren reducía al viajero a la condición de mero «paquete»—.

El capítulo dedicado al siglo XX representa el tramo más incisivo del volumen, al poner al descubierto la brutal manipulación ideológica de la infraestructura por parte de los totalitarismos. Tanto el fascismo de Mussolini —con la Marcha sobre Roma de 1922 o la construcción de la Via dei Fori Imperiali y la Via del Mare para escenificar la restitución del imperio— como el nazismo entendieron el asfalto como propaganda monumental. Fletcher evidencia con precisión el uso de las calzadas como escenario del turismo incipiente frente a su reverso trágico: el trazado por el que marcharon las legiones fue la misma vía de deportación que condujo a la población judía hacia Auschwitz, o por la que avanzaron los tanques aliados en la sangrienta campaña de 1943-1944 (rebautizando la Vía Apia como «Autopista 7»). Es la prueba palmaria de que un mismo suelo puede albergar huellas radicalmente opuestas. 

La aportación de Catherine Fletcher supone un estudio incisivo sobre la materialidad de la memoria y el peso del pasado en el paisaje europeo. Si bien el ingente marco temporal y geográfico del libro obliga en ocasiones a realizar saltos vertiginosos que priorizan las grandes figuras históricas sobre la experiencia del caminante común, su balance global resulta sólido. Al cerrar sus páginas, el lector comprende que los caminos no son meros enlaces topográficos, sino receptáculos de poder, resistencia y memoria; cicatrices de piedra que nos recuerdan que la historia que pisamos sigue condicionando el rumbo que elegimos.




Susana D.

30 de septiembre de 2026

Lecturas de septiembre

Arrancamos la temporada de otoño con un balance de nuestras lecturas de septiembre, donde destacan dos parejas de libros que dialogan a la perfección entre sí. Por un lado, nos hemos adentrado en la fascinante dinámica de la grandeza y el colapso de los imperios cruzando la obra de Eckart Frahm, Asiria. Auge y caída del primer imperio del mundo, con el sólido análisis de Antony Beevor en Rasputín y la caída de los Románov, dos estudios impecables que demuestran cómo, con milenios de distancia, la autocracia, las intrigas de corte y la crisis interna terminan por derrumbar a las potencias de su tiempo. Por otra parte, hemos emprendido un viaje apasionante a las raíces y mitos de la antigüedad conectando la maravillosa recreación de Peter Connolly en La leyenda de Odiseo con el riguroso viaje a los orígenes que propone Santiago Castellanos en Hispania. Una historia de España antes de España, trazando un puente perfecto entre la memoria homérica y la gestación de las sociedades de la península ibérica antes de la llegada de Roma. Un póquer de títulos imprescindible que, junto a nuestras incursiones en la era nuclear, la historia económica o la Fórmula 1, convierte a este mes de septiembre en el pistoletazo de salida ideal para el nuevo curso lector.


¿Habéis leído mucho durante el mes de septiembre? ¿Coincidimos en algún libro?




- "La leyenda de Odiseo" de Peter Connolly - Desperta Ferro (Reseña)

- "F1. De la parrilla a la gloria" de Alex Jacques - Oberon (Reseña)

- "Económica" de Victoria Bateman - Ático de los libros (Reseña)

- "Mitra. Un dios de Oriente a Occidente" de Israel Campos Méndez - Erasmus (Reseña)

- "Rasputín y la caída de los Románov"  de Antony Beevor - Crítica (Reseña)

- "Los cañones de Port Arthur" de Antonio Muñoz Lorente - HRM Ediciones (Reseña)

- "Hispania. Una historia de España antes de España" de Santiago Castellanos - Pinolia (Reseña)

- "La era nuclear" de Serhii Plokhy - Desperta Ferro (Reseña)

- "Asiria. Auge y caída del primer imperio del mundo" de Eckart Frahm - Ático de los libros (Reseña)



Andrés y Susana

28 de septiembre de 2026

Asiria. Auge y caída del primer imperio del mundo - Eckart Frahm

Fecha de edición: mayo 2.026
Editorial: Ático de los libros
Páginas: 504
Precio: 29,95 €
Género: Ensayo histórico

Sinopsis: Hace casi tres mil años, mucho antes de Roma o Persia, Asiria se convirtió en el primer gran imperio de la Antigüedad. Desde el Mediterráneo hasta el golfo Pérsico, sus ejércitos y embajadores llevaron el poder de Nínive hasta los confines del mundo conocido, sometiendo reinos y levantando una maquinaria de dominio sin precedentes. 

En Asiria, Eckart Frahm, uno de los principales asiriólogos del mundo, nos sumerge en la epopeya de esta civilización decisiva a partir de textos cuneiformes, restos monumentales y los últimos hallazgos arqueológicos. Desde los implacables asedios de Asurnasirpal II que arrasaron ciudades rebeldes hasta las avenidas monumentales de Nínive y las bibliotecas de Asurbanipal, donde se conservó el saber del mundo mesopotámico, descubriremos un imperio de contrastes: reyes guerreros y reinas poderosas, ejércitos devastadores y una administración capaz de gobernar territorios inmensos. Grandes conquistadores con una ambición política y cultural sin precedentes, los asirios rebasaron el mundo mesopotámico para incorporar Egipto y el Levante, y los ecos bíblicos y clásicos de su poder llegan hasta el presente. 

Asiria es la obra definitiva para descubrir la asombrosa civilización que, como los propios romanos reconocieron, sentó las bases de todos los imperios posteriores.


OPINIÓN

En el estudio de la Antigüedad mesopotámica, la imagen de Asiria ha permanecido durante siglos supeditada a una visión sesgada, condicionada por el filtro hostil de las escrituras bíblicas —donde la potencia asiria figura en más de un centenar de ocasiones como el epítome del castigo divino— y la historiografía grecolatina. Un siglo después de que comenzaran a publicarse las primeras grandes síntesis sobre la región, Eckart Frahm —catedrático de Asiriología en la Universidad de Yale— ofrece en Asiria. Auge y caída del primer imperio del mundo (Ático de los Libros, 2026), un riguroso examen sustentado en la traducción de textos cuneiformes, vestigios monumentales y los hallazgos arqueológicos más recientes. La obra abarca un marco temporal de más de un milenio y medio para fundamentar que la historia de las estructuras imperiales globales no nace en el ámbito clásico mediterráneo, sino a orillas del Tigris, demostrando cómo la maquinaria estatal articulada desde Nínive, Aššur y Nimrud sentó las bases institucionales, diplomáticas y administrativas sobre las que se erigirían los grandes dominios de la Antigüedad.

Frente a las lecturas que conciben el poderío asirio como un repentino estallido militar, el ensayo reconstruye con minuciosidad la pausada evolución diacrónica de este pueblo a orillas del Tigris, desde sus orígenes como una humilde comunidad urbana. Frahm analiza con brillantez la etapa paleoasiria del primer milenio a. C., caracterizada por una próspera red de enclaves comerciales (kārum) extendida por Anatolia —con Kanesh como exponente medular—, donde la influencia se ejercía a través del intercambio mercantil, la diplomacia y el pacto jurídico antes que mediante la coacción armada. La transición hacia la época mesoasiria marcaría la progresiva territorialización del Estado y el nacimiento de una ideología regia basada en la expansión, superando periódicas crisis dinásticas y presiones exteriores para transformar una modesta entidad regional en el actor geopolítico destinado a disputar la hegemonía a los grandes reinos de la Edad del Bronce. 

El análisis cobra especial intensidad al abordar la etapa neoasiria (siglos IX-VII a. C.), período en el que la estructura de gobierno alcanzó una escala insólita. Frahm desglosa los engranajes de un aparato estatal pionero que articuló un ejército profesional con sofisticadas técnicas de asedio, una red estatal de correo, la integración provincial de territorios heterogéneos y la práctica sistemática de deportaciones masivas. Lejos de reducirse a un castigo puramente destructivo, las campañas militares funcionaban a menudo como un eficaz mecanismo de disuasión y coerción tributaria donde el mero despliegue del ejército bastaba para doblegar a los gobernantes locales. La retórica regia inscrita en piedra por soberanos como Esarhaddón —quien llegó a incorporar Egipto en el 671 a. C. proclamando su dominio sobre los cuatro confines de la tierra— o Senaquerib ante el convulso «problema babilónico» ilustra la cuidada construcción ideológica de un régimen que combinó la intimidación explícita con la cooptación estratégica de las élites provinciales. 

Dentro de este horizonte imperial, la figura de Asurbanipal encarna la vertiente más compleja del soberano asirio, desafiando el estereotipo del monarca exclusivamente guerrero. En la obra se retrata a un líder de paradojas extremas: un gobernante implacable en el campo de batalla que, en paralelo, ejercía como intelectual alfabetizado en escritura cuneiforme, mecenas del saber y arquitecto de la célebre Biblioteca de Nínive, concebida para reunir la totalidad del conocimiento mesopotámico. Esta dualidad entre la erradicación del enemigo y la veneración de la erudición se proyectó con maestría en el programa iconográfico palaciego. Los bajorrelieves que decoraban las estancias —con escenas sobrecogedoras como la caza ritual del león— no eran meros elementos ornamentales, sino auténticos artefactos de propaganda política e ideológica; en ellos, la aniquilación de las fieras salvajes simbolizaba la victoria sobre el caos y la restitución del orden cósmico garantizado por el rey bajo el amparo de la divinidad Aššur.


Sin embargo, la aparente invulnerabilidad del Imperio neoasirio contenía los elementos de su propio e intempestivo colapso. La sobreextensión territorial, el incesante desgaste financiero derivado de la pacificación de frentes distantes y las devastadoras guerras de sucesión dinástica tras la muerte de Asurbanipal debilitaron de muerte la estructura imperial. El autor examina la vertiginosa rapidez con la que la maquinaria estatal se desmoronó a finales del siglo VII a. C. ante la ofensiva conjunta de la coalición medo-babilonia, un proceso que desembocó en la dramática caída y saqueo de Nínive en el 612 a. C.


La extinción repentina de una potencia que había ejercido una hegemonía incontestable durante generaciones dejó una huella indeleble en la memoria del Próximo Oriente, inaugurando una fascinante «vida posterior» donde el recuerdo de Asiria osciló entre el mito del despotismo en las fuentes clásicas y su verdadera impronta como modelo institucional imperecedero. Con todo esto y mucho más, la obra de Eckart Frahm se confirma como una síntesis historiográfica magistral que desarticula los prejuicios tradicionales y renueva profundamente nuestra comprensión sobre Asiria y el mundo mesopotámico. Un trabajo imprescindible.




Andrés CM