Sinopsis: Si sir Max Hastings es uno de los autores de historia militar contemporánea más aclamados es por su capacidad para descifrar y entender la guerra, en todos sus niveles. Una capacidad fruto de haber vivido como corresponsal de guerra los conflictos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, desde Irlanda del Norte a Vietnam y desde Palestina a las Malvinas. En estas entretenidas, vertiginosas y a ratos hilarantes memorias que conforman el libro Ir a la guerra, Hastings despliega su maravillosa narrativa, esta vez en primera persona, para llevarnos desde sus ingenuos sueños románticos de una vida entre guerreros, frustrados por su fracaso sirviendo en el Regimiento de Paracaidistas, hasta ser el primer reportero en entrar en Puerto Stanley en las Malvinas, solo y por delante de la fuerza de desembarco británica, decidido a conseguir una exclusiva.
Ir a la guerra. Memorias
desde el frente es un relato vívido y chispeante, pero también desmitificador,
de veinte años de periodismo en la línea de frente y esto no es un eufemismo:
Hastings cuenta cómo huyó de Saigón en helicóptero desde la embajada
estadounidense mientras la ciudad caía o cómo estuvo a punto de ser abatido a
tiros por soldados turcos durante la invasión de Chipre. El Úlster, Vietnam,
Biafra, Camboya, la Guerra del Yom Kippur, Rodesia, las Malvinas… la obra es un
recorrido vital visceral e implacablemente honesto en el que el autor pasa de
transcribir la historia a vivirla e incluso a arriesgar la vida para retratar
la brutal realidad del combate moderno. Un testimonio directo y subjetivo que
expone abiertamente la ambición por la primicia y las artimañas para ser el
primero en dar la noticia, pero también la adicción a la adrenalina y el miedo
paralizante, así como los dilemas morales que entraña informar acerca del dolor
y de la muerte. Una obra maestra sobre periodismo de guerra.
La obra, de dieciséis
capítulos, recorre los principales escenarios de la Guerra Fría: el Úlster, la
guerra del Yom Kippur, las selvas de Camboya, Rodesia, la Angola de Jonas
Savimbi y, con especial peso, Vietnam y las Malvinas. Hastings se presenta sin
heroísmo alguno. Reconoce su miedo, admite que le faltaba valor físico y
describe el pánico como una compañía constante del oficio. Esa franqueza es el
rasgo más atractivo del libro, porque convierte al narrador en un testigo
fiable de sus propias debilidades.
Las páginas dedicadas a Indochina son las más humanas. Allí el autor deja a un lado su cinismo británico y muestra una conmoción genuina ante el sufrimiento de la población local. En otros capítulos, como los de Rodesia o Angola, logra algo más difícil: separar su desprecio por ciertos actores políticos de la frialdad que exige el reportaje sobre el terreno. Informar sobre quien te desagrada sin deformar lo que ves es una disciplina que el libro ilustra con ejemplos concretos.
El tramo final está dedicado a la campaña de las Malvinas de 1982. Es el bloque más extenso y probablemente el más memorable, con su famosa entrada en solitario en Puerto Argentino, adelantándose a las propias fuerzas de desembarco. La escena tiene algo de temeridad y algo de golpe de suerte periodística, y Hastings la cuenta sin presentarla como una gesta.
Más allá de las campañas,
lo más valioso del volumen es su retrato del oficio. El autor habla sin adornos
de la adicción a la adrenalina, de la presión por conseguir la exclusiva, de
los mecanismos de la censura militar y de la manera en que los informativos de
televisión simplifican el combate hasta convertirlo en espectáculo. Frente a
ese romanticismo de salón, defiende al soldado raso y contrapone la retórica
aséptica de los despachos de mando a la torpeza y la sangre que muchas veces
gobiernan el frente. Son pasajes que no envejecen, porque describen tensiones
que siguen vigentes en la cobertura de cualquier conflicto actual.
Conviene señalar también sus límites. La estructura episódica favorece la anécdota sobre el análisis geopolítico, de modo que quien busque contexto estratégico y explicaciones de fondo tendrá que acudir a las obras históricas del propio Hastings, que cubren ese terreno con otro enfoque. A ello se suma una mirada claramente occidental y anglosajona. Esa perspectiva dota al texto de una enorme franqueza psicológica, pero también deja fuera otras voces y otros modos de entender los mismos hechos. No es un defecto menor, aunque es coherente con lo que el libro pretende ser: el testimonio personal de un corresponsal británico de su época, no una historia global de los conflictos que atravesó.
Frente a la subjetividad febril de Despachos de guerra, de Michael Herr, el tono de Hastings resulta más sobrio y más escéptico. Donde Herr busca la inmersión alucinada, Hastings opta por la distancia irónica, y esa diferencia define el tipo de lector al que se dirige. Es una lectura muy recomendable para quien se interese por el periodismo de guerra, por la Guerra Fría vista desde el terreno o por la distancia entre el discurso oficial y la experiencia real del combate.
Desperta Ferro Ediciones acierta al publicar estas memorias en español. Son un testimonio honesto, escrito con la perspectiva de las décadas, de cómo un joven periodista aprendió a desconfiar del mito bélico antes de dedicarse a contar la historia.














