Sinopsis: Deadwood fue descrita en su día como «la ciudad más diabólica sobre la faz de la tierra», un ombligo de pecado que emergió a comienzos de 1876 en las Black Hills (Dakota del Sur), excrecencia de la fiebre del oro que convocó allí a miles de mineros, buscavidas, pistoleros, prostitutas y mercachifles. Una ciudad de barracas infectas, de saloons donde corría el alcohol y de habitantes de dudosa moralidad y de gatillo fácil, pero que apenas tres años después fue asolada por un pavoroso incendio, cual purificador castigo bíblico. Un lugar destinado a alimentar la imaginación y la mística del salvaje Oeste, poblado de personajes legendarios desde Wild Bill Hickok, Calamity Jane o Caballo Loco.
Peter Cozzens, autor del aclamado La tierra llora, ha desnudado minuciosamente capas y capas de mitos y leyendas –desde novelas baratas del siglo XIX como Deadwood Dick, hasta la exitosa serie dramática de HBO, pasando por las vallas publicitarias de los casinos de la actual Deadwood– para desvelar la verdadera historia de Deadwood, alejada del romanticismo con el que Estados Unidos ha cimentado ese mito fundacional que es la conquista del Oeste. Erigida en tierras robadas descaradamente a los lakotas, Deadwood no era solo un lugar donde acechaban los forajidos, como Tombstone o Dodge City, sino que era en sí misma una empresa al margen de la ley, situada fuera del territorio estadounidense y que no se sujetaba ni a las leyes ni al Gobierno de Estados Unidos: era el revólver quien imperaba. Una falta de normas que, por otra parte, fomentó una autosuficiencia y un espíritu de cooperación propios de la frontera y que convirtió a Deadwood en un lugar excepcionalmente acogedor para los afroamericanos y los inmigrantes chinos en una época de profunda discriminación.
Deadwood
revela cómo una ciudad fronteriza llegó a encarnar lo mejor y lo peor del
salvaje Oeste: un ejemplo del eterno reto de la humanidad para crear orden a
partir del caos, de superar la codicia individual en pos del bien colectivo y
de conseguir seguridad y superar la violencia, entre tiroteos, asaltos a
diligencias y whisky a raudales.
El gran acierto de
Cozzens es contextualizar el nacimiento de Deadwood no como una aventura épica
aislada, sino como la válvula de escape de una nación asfixiada y cimentada
sobre profundos pecados de fundación. El autor nos traslada magistralmente a
las secuelas del devastador Pánico de 1873: un país con los ferrocarriles
inactivos, desempleo rampante y cielos del Medio Oeste oscurecidos por plagas
bíblicas de langostas. En ese escenario de miseria, el anuncio del hallazgo de
oro en las Black Hills funcionó como un imán irresistible. Poco importaba que
aquellas tierras pertenecieran legítimamente a los lakotas según el Tratado de
Fort Laramie de 1868; la desesperación empujó a miles de buscavidas a violar
las fronteras indígenas. En cuestión de semanas, lo que era un pacífico y
virgen bosque de pinos se transformó en el asentamiento más perverso de la
frontera, experimentando una explosión demográfica sin parangón que disparó la
población de unos pocos cientos a más de cinco mil habitantes en apenas un mes.
Esta invasión ilegal
desató una crisis geopolítica de proporciones colosales. El autor no teme
desvelar las cloacas del gobierno de Washington, revelando cómo el presidente
Ulysses S. Grant y su camarilla provocaron en secreto la Gran Guerra Sioux para
favorecer a los intrusos blancos. De la noche a la mañana, el campamento de
Deadwood Gulch se convirtió en una isla precaria y anárquica rodeada por un mar
de nativos hostiles. El lugar operaba por completo al margen de las leyes
oficiales de los Estados Unidos y de cualquier jurisdicción estatal,
convirtiendo el hacinamiento, las calles enfangadas y las edificaciones
destartaladas de madera de pino en el escenario perfecto para un experimento
social sin red de seguridad.
Lejos de estructurar el libro como una fría sucesión de datos, Cozzens otorga a la propia ciudad el papel principal, tratándola como un organismo vivo a lo largo de cuatro grandes partes que narran su concepción, su nacimiento, su turbulenta adolescencia y su trágico final. En este ecosistema desfilan los sospechosos habituales del imaginario colectivo, pero despojados de su romanticismo. Frente a frente se sitúan personalidades arrolladoras que encarnaban las dos almas del pueblo: por un lado, figuras como Al Swearingen, dueño del burdel Gem Saloon, quien representaba la vertiente más vil, lasciva y despiadada del espíritu pionero; por el otro, el célebre sheriff Seth Bullock, cuya aplicación audaz, decisiva e imparcial de la ley intentó insuflar algo de cordura en un entorno hostil.
El texto esquiva con firmeza los clichés de Hollywood al retratar las dinámicas sociales del campamento. Cozzens equilibra la balanza entre la crónica de los pistoleros legendarios como Wild Bill Hickok o Calamity Jane y el coste humano más sombrío del asentamiento. Un ejemplo de ello es el desgarrador tratamiento que dedica a las trabajadoras sexuales del pueblo, alejadas de cualquier glamur y consumidas por la miseria cotidiana.
«Las muertes por enfermedades de la frontera, narcóticos, abortos, enfermedades venéreas y peligrosos remedios de charlatanes… también asolaron las filas de las mujeres, ya debilitadas por la cópula constante con hombres sucios...»
Sin embargo, en mitad de
esta atmósfera de depravación y egoísmo, se desentierra una paradoja
fascinante: la sorprendente diversidad étnica y la tolerancia racial de
Deadwood, muy avanzada para los estándares de la época. A través de las páginas
descubrimos la relevancia de la comunidad china, que no solo aportó mano de
obra en los lavaderos y las minas, sino que vio prosperar a comerciantes
prominentes como Wong Fee Lee. Este último llegó a regentar una exitosa tienda
de importaciones asiáticas y a contar entre sus amigos más cercanos al propio
sheriff Bullock y a su socio, el empresario Sol Star, demostrando que la
necesidad de cohesión en la frontera a veces superaba a los prejuicios del
hombre blanco.
La azarosa y desenfrenada
vida de Deadwood apenas duró tres años, de 1876 a 1879, pero es difícil
encontrar un trienio más denso en la historia urbana americana. El colofón de
esta era llegó el 26 de septiembre de 1879, una fecha maldita grabada a fuego
como el "Viernes Negro". Un devastador incendio iniciado en una
panadería construida con madera de pino seca se propagó a una velocidad
terrorífica, reduciendo a cenizas más de trescientos edificios y borrando el
núcleo comercial del mapa en unas pocas horas.
La tesis planteada en este punto es demoledora y profundamente política: el desastre no fue una simple fatalidad, sino la consecuencia directa de un individualismo desenfrenado. Al no estar constituido el pueblo como municipio oficial, la seguridad colectiva dependía de la financiación voluntaria y de la cooperación de sus ciudadanos para mantener equipos contraincendios. En un lugar donde la acumulación salvaje de riqueza primaba por encima del bienestar comunitario, nadie quiso pagar por el agua común hasta que fue demasiado tarde. Aunque Deadwood volvió a levantarse de sus cenizas con el tiempo, el incendio del Viernes Negro clausuró para siempre su mítica época de impunidad y libertinaje.
Como es norma de la casa en Desperta Ferro Ediciones, la factura física del volumen redondea la experiencia de lectura. Su esclarecedora cartografía de las Black Hills y de la propia ciudad, junto al imponente despliegue fotográfico de la época, se convierten en la guía indispensable para conocer y no perderse entre la enorme densidad de nombres, corrientes socioeconómicas y disputas políticas que el autor maneja en sus páginas. Gracias a estos elementos de edición, lo que podría haber sido un aluvión de datos capaz de abrumar al lector ajeno a la materia se vuelve un terreno totalmente transitable, donde además los seguidores de la serie de HBO contarán con la ventaja añadida de su familiaridad con el reparto principal.
Si bien La tierra llora
sigue pareciéndome no solo la obra cumbre de su autor, sino uno de los mejores
libros de historia —y en general— que he leído en mi vida, este viaje a
Deadwood es un "spin-off" soberbio que consolida a Peter Cozzens como
el cronista definitivo del salvaje Oeste. Un ensayo imprescindible para
cualquiera que desee descubrir cómo, en un rincón olvidado del mundo, el
progreso se pagó con la moneda de la codicia, el fuego y la sangre.













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