En Los hombres de Hiroshima, recorreremos el camino que condujo hasta ese momento decisivo. Durante años, en laboratorios secretos y despachos del más alto nivel, se desarrolló una carrera científica y militar sin precedentes. Bajo la dirección de Leslie Groves y Robert Oppenheimer, el Proyecto Manhattan dio forma a un arma capaz de cambiar el curso de la guerra… y de la historia. Mientras tanto, en los cielos del Pacífico, los hombres del coronel Paul Tibbets se preparaban para ejecutar una misión de la que dependía el desenlace del conflicto.
A través de las vidas de quienes tomaron las decisiones, de quienes las ejecutaron y de quienes las padecieron, Iain MacGregor nos sumerge en una historia coral donde la ambición, la guerra y sus consecuencias humanas se entrelazan en un momento crucial de la historia.
De los ensayos nucleares
en el desierto de Nuevo México a los bombardeos sobre Japón, de la Casa Blanca
a la guerra total en el Pacífico, este es el relato de una decisión que
transformó para siempre el destino de la humanidad.
El gran acierto estructural de la obra radica en su elenco coral y en su inteligente uso de la yuxtaposición. El autor no se limita a la perspectiva de los vencedores, sino que integra desde la primera página la voz de los supervivientes japoneses —como el desgarrador testimonio de Michiko Kodama, de 87 años—, logrando que el lector inicie su recorrido bajo la ineludible sombra de la tragedia. A través de capítulos cortos y muy dinámicos, perfila a figuras radicalmente opuestas que el destino unió en aquel fatídico agosto. Por un lado, conocemos a Paul Tibbets, el piloto de carácter indómito que no dudó en desafiar a sus superiores en el norte de África, pero que cumplió su «papel de toda una vida» pilotando el Enola Gay (bautizado así en honor a su madre). En el otro extremo, el ensayo nos presenta a Senkichi Awaya, el "buen alcalde" de Hiroshima; un funcionario civil, cristiano y receloso del fanatismo militar de su propio gobierno, que trasladó a su familia a la ciudad sin saber que caminaba hacia el epicentro del infierno.
Junto a ellos, destaca un protagonista de acero: el bombardero B-29 Superfortress. MacGregor, trata al avión casi como a un personaje con entidad propia, fundamental para entender el surgimiento de la hegemonía aérea estadounidense. Aunque el autor transita con mayor soltura por los despachos, las cabinas de vuelo y el paisaje asfixiante de los bombardeos —espléndida y terrible su recreación del ataque incendiario sobre Tokio— que por las descripciones de infantería pura en Iwo Jima u Okinawa, el ritmo de la obra no decae en ningún momento. A todo ello se suma la cuidada edición de Ático de los Libros, que integra los mapas y un gran número de fotografías en blanco y negro directamente en el cuerpo del texto. Esto permite poner rostro y marco geográfico a los protagonistas en el momento exacto en que la narrativa los convoca, haciendo la experiencia de lectura sensiblemente más inmersiva y fluida.
El último tercio del ensayo aborda uno de los aspectos más fascinantes y menos transitados por la historiografía generalista: la censura posterior a la masacre. Tras la repentina rendición japonesa, la maquinaria gubernamental estadounidense se apresuró a "controlar el relato", vendiendo la idea de que unas superbombas convencionales habían ganado la guerra y negando categóricamente los agónicos efectos de la radiación a largo plazo. Es aquí donde emerge la figura del periodista John Hersey. MacGregor relata con maestría cómo este reportero, frustrado por las reticencias de las revistas Time y Life, logró viajar a un Japón que, un año después, aún olía a muerte. Entrevistando a los supervivientes y burlando la narrativa oficial, Hersey publicó un demoledor reportaje de 30.000 palabras en The New Yorker en agosto de 1946. Fue ese texto el que realmente mostró al mundo occidental el paisaje macabro y los cuerpos carbonizados que la burocracia militar intentaba ocultar, cimentando el tabú moral contra el uso de armamento nuclear que pervive hasta nuestros días.
Para comprender la tremenda disonancia cognitiva entre la retaguardia estadounidense y el horror real de la bomba, MacGregor rescata un episodio escalofriante ocurrido en octubre de 1945. Durante las celebraciones del «Día de la Victoria» en el Memorial Coliseum de Los Ángeles, ante más de 100.000 espectadores enfervorecidos, el famoso actor de Hollywood Edward G. Robinson ejerció de maestro de ceremonias. Mientras tres bombarderos B-29 sobrevolaban el estadio a baja altura, una gigantesca nube de hongo simulada se elevó tras el escenario y Robinson gritó por megafonía: «¡Señoras y señores, les presento… Hiroshima!». Una banalización del apocalipsis que pronto quedaría sepultada por la cruda realidad de los reportajes sobre el terreno.
Por último, diré que quien se acerque a las páginas de Los hombres de Hiroshima encontrará una autopsia implacable de la primera arma de destrucción masiva y de las personas que orbitaron a su alrededor. Iain MacGregor ha logrado articular un ensayo impecablemente documentado, sin caer en el dogmatismo ni en el morbo fácil, obligando al lector a relexionar sobre hasta donde pueden llegar la política y el progreso tecnológico cuando se desvinculan de la ética.











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